Opinión
Cine, wokismo y el maltrato de la historia
A nadie le cabe duda de que la industria cinematográfica más poderosa del planeta ha sido la estadounidense. Además, ha sido una industria bastante abierta acogiendo y haciendo suyos numerosos talentos extranjeros. Entre otros, directores fundamentales como Capra, Lubitsch, Billy Wilder, Hitchcock y Fritz Lang o actores y actrices como la Garbo, Laurence Olivier, Chaplin, Cary Grant, Anthony Hopkings, Schwarzenegger, Conchita Montenegro, Sofia Loren, Antonio Banderas…la lista se nos haría interminable. No es de extrañar que en cualquier relación sobre las mejores películas de la historia del cine la gran mayoría sean estadounidenses. Sin embargo, existe un género, el de películas históricas, en el que, a mi juicio, las cintas de la meca del cine siempre han chirriado demasiado y, salvo algunas excepciones, he preferido las de otros países. Las británicas de David Lean, por ejemplo, («Lawrence de Arabia» o «Doctor Zhivago»), el «Barry Lyndon» del nacionalizado británico Kubrick, la francesa «Juana de Arco» de Luc Besson, las italianas de Visconti o Bertolucci como «El Gatopardo» o el último emperador, «El submarino» del alemán Petersen, las japonesas de Kurosawa o las rusas de Eisenstein, Tarkovsky o Bondarchuk.
¿Por qué pienso que Hollywood siempre ha sido superado por otras industrias con menos medios, en este género? La respuesta sencilla es porque tradicionalmente ha tendido a primar el espectáculo y el guion llamativo y comercial frente a un mínimo rigor histórico. La respuesta más elaborada es que, además, ha utilizado el cine histórico como un arma propagandística e ideológica, bien para blanquear ciertos episodios de su pasado o bien para «vender» o dar una imagen, desde su propio prisma, de distintos acontecimientos históricos.
Los westerns, por ejemplo, que pretenden reflejar la conquista del salvaje oeste, son como señala Elvira Roca, «falsos de toda falsedad», porque, efectivamente, ni fue conquistado por los estadounidenses, ni era salvaje. El oeste ya había sido conquistado y pacificado por los españoles antes del siglo XIX. En general las películas que tratan sobre la época virreinal, especialmente las de piratas, muestran una imagen muy negativa del imperio español y otra beatífica y profundamente irreal de bucaneros y corsarios. Incluso películas más elaboradas, como «55 días en Pekín», rodada en España, por cierto, no siempre se atienen a la realidad histórica. El decano del cuerpo diplomático durante la rebelión de los bóxers y, en consecuencia, quien llevaba la voz cantante en las negociaciones con la emperatriz era el encargado de negocios español, Bernardo Cologan, (interpretado por Alfredo Mayo). Cologan, brillante diplomático tinerfeño, ya había estado destinado en Pekín, hablaba mandarín con fluidez y era muy respetado tanto por los chinos como por sus colegas, sin embargo, Bronston relegó al personaje a un papel secundario, representando David Niven, como embajador británico, el rol de decano.
Pero si Hollywood siempre ha llevado mal ceñirse al rigor histórico, en los últimos tiempos y sobre todo desde la entrada del wokismo en escena, ya está totalmente enloquecido. El movimiento estadounidense woke, (palabra inglesa que significa «despierto» y que se podría aquí traducir más bien por «concienciado»), ha sido útil en sus inicios para alertar sobre discriminaciones racistas, sin embargo, ha ido degenerando en un revisionismo histórico totalmente irracional. El wokismo actual y con este movimiento sus enormes y poderosas plataformas audiovisuales y terminales mediáticas, lejos de hacer autocrítica sobre determinados hechos muy oscuros del pasado estadounidense, se han embarcado en un sorprendente blanqueo de aquel racismo de antaño, (por ejemplo, a diferencia de España, en donde desde principios del siglo XVI se permitían los matrimonios interraciales, en Estados Unidos no fueron legales en todos los estados hasta 1967) y están produciendo, como rosquillas, series y películas de época, en la que no solo no muestran la humillante situación de los esclavos africanos en aquel tiempo, sino en la que estos ocupan papeles protagonistas como lores británicos, respetados empresarios estadounidenses, cantantes de ópera francesas o incluso en el papel de reinas de Inglaterra, argumentando una supuesta subrepresentación de minorías étnicas, especialmente afroamericanas en las películas. Las últimas tropelías fueron: un intento de documental sobre una reina cleopatra negra, pese a su origen helénico, que motivó, por cierto, una queja de las autoridades egipcias, una princesa centroeuropea como Blancanieves de rasgos mestizos y ya prometen una Helena de Troya de origen keniano.
Personalmente todo esto me parece una aberración. Primero por el blanqueamiento descarado del turbio pasado al que me refería antes. El esclavismo sucedió, fue terrible y hay que retratarlo tal y como fue. Por cierto, también los caucásicos sufrieron la esclavitud por parte de musulmanes entre los siglos XVI y XIX. Ya escribiré sobre ello en otra ocasión.
Pero, en segundo lugar, me parece, además, una actitud profundamente racista, porque el mensaje vendría a ser del tipo: «como las personas de origen africano subsahariano no habéis tenido ninguna relevancia en la historia, pues hacemos que personajes históricos caucásicos muy relevantes sean interpretados por vosotros». Lo cual es meridianamente falso, ya que hay personajes históricos de origen africano subsahariano de gran importancia histórica. Por supuesto, los hubo, sobre todo, en la propia África, pero también en el mundo occidental. La gran pregunta entonces, en relación con estos últimos, es: ¿por qué no se hacen películas y series sobre ellos? Pues porque estas plataformas son, fundamentalmente anglosajonas y los afro-occidentales relevantes y anteriores al siglo XX fueron casi exclusivos del imperio español. No quiero decir con ello que en el mundo hispánico no existiese la esclavitud y casos de esclavismo muy denunciables, pero si lo comparamos con otras potencias occidentales, España se encontraba a nivel de derechos humanos con siglos de adelanto.
Afros españoles célebres fueron entre otros muchos: Juan Garrido y Beatriz de Palacios, que tienen fascinantes biografías y lucharon con Cortés en Nueva España, el primero introdujo, además, el cultivo de trigo en América. Juan Latino, el primer catedrático de color de Europa, concretamente en Granada en el siglo XVI. Religiosos que tuvieron una enorme relevancia como San Martín de Porres o Sor Teresa Juliana de Santo Domingo, Juan de Valladolid, mayoral y portero de cámara de los reyes católicos. El pintor Juan de Pareja, quien fue, por cierto, magníficamente retratado por Velazquez o Eleno de Cespedes, también uno de los primeros cirujanos de color occidentales, (siglo XVI). La vida de cualquiera de ellos daría para una excelente película sin necesidad de africanizar a una reina inglesa o a una princesa griega. Lo que resultaría igual de absurdo que filmar a unos piratas del caribe con rasgos asiáticos navegando en una galera fenicia o hacer una serie sobre Martin Luther King protagonizada por un actor blanco. Este maltrato de la historia hace que ese tipo de series y películas woke no puedan ser tomadas en serio. No es historia es, simplemente, fantasía o ciencia ficción y, lo más grave, una ridiculez racista.
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