Opinión | El correo americano
La verdadera victoria de Trump
Trump publicó un vídeo en las redes sociales donde aparecían Obama y su mujer retratados como dos simios. Después de recibir un buen número de comentarios críticos, algunos incluso realizados por miembros de su propio partido, lo borró, pero estuvo disponible unas cuantas horas, lo cual nos hace suponer que su retirada se produjo bajo presión, haciendo falta persuadirlo de que, en esta ocasión, se había pasado de la raya. Es la típica gracieta presidencial a la que estamos acostumbrados. Aunque el líder del mundo libre, desde que asumió por primera vez el poder en su primer mandato, ha ido aumentando progresivamente de intensidad en sus insultos y groserías. Un periodista de derechas (pero no trumpista), ante la imagen del expresidente con cuerpo de mono, pidió que se alzaran más voces republicanas contra Trump. ¡Que lo condenen quienes todavía conservan algo de decencia! Lo del mono es tanto una injuria como una prueba. ¡A ver si se atreven esos lacayos del Capitolio! Está en peligro su trabajo y su reputación (y la de sus mujeres, si no que se lo pregunten a la esposa de Thomas Massie, constantemente denigrada por el inquilino del Despacho Oval, que no acepta disidentes en el Congreso).
Es interesante reflexionar sobre lo que puede conducir a una persona a justificar el comportamiento infantil que exhibe un hombre con semejante responsabilidad. Lo que uno se tiene que decir a sí mismo para acabar concluyendo que «sí, yo me decanto por este candidato», el que ha publicado eso, para que gobierne mi país, para que lo represente por el mundo adelante, sin sentir bochorno o preocupación. Y no lo hacen solo los fanáticos y los conversos, sino personas que, al parecer, lo ven como el mal menor frente a la alternativa. Lo definen como «un hombre eficiente y heterodoxo». «Un tipo pragmático y poco convencional». «No me gustan sus formas, pero hay que probar otra estrategia», dicen. Hablan como si bajo su control no estuvieran los misiles nucleares sino el vestuario de un equipo de fútbol. Si el expresidente afroamericano mostrara una actitud similar (Obama riéndose en Twitter de la oratoria de Melania, por ejemplo), sus adversarios se escandalizarían con teatralidad en todas partes, sacándole el correspondiente provecho mediático (y probablemente algunos explicarían esas declaraciones a la luz de su identidad racial).
El vicepresidente JD Vance le dijo a Megyn Kelly que Kaitlan Collins, la reportera de CNN, tenía que reírse un poco más y no tomarse todo tan en serio, a propósito del reproche que le hizo Trump a la corresponsal, cuando esta le preguntó por el caso Epstein. Como escribió el comentarista conservador Jonah Golderg, si Collins hubiera sonreído mientras formulaba la pregunta, la habrían criticado también, echándole en cara lo contrario: reírse de las víctimas. Es que no se trata de principios, ideas o sensibilidades. Es la lealtad al poder para permanecer en el cargo y, de paso, postularse para otro de rango superior en un futuro cercano.
Pero el éxito del proyecto trumpista no solo se constata en estas grotescas adulaciones, sino, sobre todo, en el estilo que empiezan a manejar los oponentes ideológicos. Esta semana la cuenta oficial del Partido Demócrata en X (antes Twitter) publicó una foto de Kid Rock, un cantante que ha apoyado públicamente a Donald Trump, con un comentario irónico sobre su aspecto físico. Una maniobra típicamente trumpista…. con la que se pretende atacar o desafiar al trumpismo. Antes solo lo hacían unos. Y los premiaron en las urnas. Ahora quieren hacerlo los otros. Al político ya no se le exige conocimiento, buena educación y respeto, sino campechanía en el estilo (impostada o no) y crueldad a la hora de insultar. El presidente, en suma, ha ganado donde más importa: cambiando el lenguaje, rebajando el nivel y arrebatándole la dignidad a los servidores públicos. Los demócratas pueden ganar las elecciones aquí y allá, pero si siguen jugando con sus reglas y recurriendo a sus armas, estarán aceptando, en cierto modo, su derrota cultural y moral.
De ese modo se van normalizando más cosas. Hasta el punto de que un presidente puede publicar unas imágenes de otro expresidente negro con el cuerpo de simio sin demasiada importancia. Como tantos otros disparates que se han ido normalizando desde 2015. Hasta que el péndulo se mueva de nuevo, claro, ya que, en ese caso, algunos jurarán no haberse implicado completamente en el proyecto, alegando que fueron incapaces de detectar el hedor racista y autoritario que desprendía su jefe, al confundir su beneficio personal con el bienestar general. La catástrofe de este liderazgo no es el deterioro ético que ha padecido el bando vencedor, sino el modo en que han acabado claudicando (incluso inconscientemente) los vencidos. Esta es la verdadera victoria de Trump: convencer a gran parte del pueblo de que, como se lamenta Nixon en la película de Oliver Stone, cuando lo ven a él, en realidad, ven lo que son.
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