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Opinión

Donald «Trumpantojo»

«Cuando una democracia se convierte en autocrática, no empieza con un dictador. Empieza con la violación de los principios del Estado de derecho». Berit Reiss-Andersen

Cada mañana, cuando abro la prensa online, contengo la respiración a la espera de la sorpresa que los titulares me puedan deparar con un nuevo desvarío o inesperada bravata de ese personaje chocarrero y explosivo – tal vez por eso se colorea de butano- llamado Donald Trump. Algo similar me ocurre con Díaz Ayuso cuando me desayuno con alguna desmesura de esta mujer lenguaraz.

Es cierto lo de Goya: «El sueño de la razón produce monstruos». Cuando la razón se ausenta, entregada al sueño, cuando se abdica de ella, el devenir de la historia nos sorprende con estrepitosas patologías; y el patoso Donald es una de ellas.

Estos días, por razones de trabajo, he tenido que acudir a la relectura de dos maestros: Unamuno y Calamandrei. El primero dejó escrito: «La libertad es la conciencia de la ley»; el segundo, como si del reverso de ese pensamiento se tratara, nos dice: «Sin legalidad no hay libertad». La libertad, en efecto, está en el corazón mismo de la ley, le da sentido y razón, es, en rigor, su fin primigenio.

El derecho a la libertad es el aldabonazo que mantiene alerta a la ley, por eso es su conciencia. Con la Revolución francesa, la ley restituyó la libertad a los ciudadanos y de ese modo vino a erigirse en insoslayable principio democrático y en pilar del Estado de derecho. La ley es garante de los derechos de los ciudadanos y su imperio, dique contra el gobierno de la arbitrariedad y el abuso de poder.

Con la ley, en el sentido que ahora la enuncio, «todo el pueblo decide sobre todo el pueblo», decía Rousseau. La ley es, en efecto, producto del consentimiento y voluntad de los miembros de la comunidad y, por consiguiente, quien la incumple, quien la ignora o la desprecia, actúa en contra de sus conciudadanos.

La ley señala el límite del poder, pero para Donald Trump ese límite está, según dice con ominoso atrevimiento, en su propia moralidad. Pues aviados estamos. Esta actitud recuerda inevitablemente el Führerprinzip de la doctrina nazi que sitúa la voluntad del líder por encima de la ley, y hace de él fuente máxima del derecho que no admite contradicción y exige rendida obediencia.

Trump actúa con desprecio absoluto de la legalidad. Sus esbirros han matado impunemente a ocupantes de lanchas en altamar haciendo de la sospecha sentencia condenatoria. Asistimos atónitos a los actos de brutalidad salvaje de los agentes del ICE (Immigration and Customs Enforcement), sicarios de gatillo fácil y asesino.

Este hombre, hinchazón autoritaria, protuberancia despótica que asoma peligrosamente en la vetusta democracia americana - ¡ay, si Tocqueville levantara la cabeza! - es un insólito depravador de los valores esenciales y principios que en su día dieron vida a la Revolución americana y a la francesa después. Y todo ello ante una Europa enmudecida, tarda y corta en la reacción y en la defensa de su propia dignidad.

Sin reconocer la supremacía de la ley, sin respeto al Estado de derecho, no puede haber libertad. El imperio de la ley no puede ser derrocado ni sustituido por el imperio de la fuerza; cuando eso sucede, emerge el autócrata, el dictador, y los derechos de los ciudadanos, que aquella ley amparaba, fenecen. Y ese es el camino que ha emprendido el gobierno de los Estados Unidos con ese trampantojo de presidente bravucón y jactancioso, grosero y malcriado, errático y arbitrario.

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