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Opinión

Pablo Núñez

Lo que la tierra nos dice: de las crecidas en Galicia a los «hidrosismos» de Grazalema

Este comienzo de 2026, los gallegos hemos mirado con preocupación nuestros ríos. La borrasca Leonardo ha dejado un reguero de incidencias, con 27 récords de lluvia superados solo en enero y el Ulla desbordándose en Vila de Cruces. Pero a 1.000 kilómetros al sur, en la Sierra de Cádiz, la misma borrasca ha provocado un fenómeno que parece de ciencia ficción y que debería hacernos reflexionar: un pueblo entero, Grazalema, ha sido evacuado porque el agua brotaba de los enchufes y el suelo temblaba.

Lo que ha ocurrido en Andalucía no es un suceso aislado o exótico, sino un espejo extremo de lo que sucede cuando un sistema geológico es llevado al límite por un evento meteorológico sin precedentes. Grazalema se asienta sobre un macizo kárstico, un tipo de terreno formado por rocas calizas que se disuelven con el agua, creando una compleja red de galerías y cuevas subterráneas. Con más de 600 litros por metro cuadrado en 48 horas, este acuífero se saturó por completo, entrando en un estado que los geólogos llamamos de «rebose» o trop-plein. El agua, bajo una presión inmensa, buscó salida por los lugares más insospechados, convirtiendo el subsuelo del pueblo en una olla a presión.

El resultado fue la aparición de «hidrosismos», pequeños temblores generados no por fallas tectónicas, sino por el reajuste de las rocas debido a la presión del agua. Esos «crujidos» sordos que aterrorizaron a los vecinos eran la voz de la montaña, una advertencia que obligó a tomar la drástica pero necesaria decisión de evacuar a 1.600 personas.

La pregunta es inevitable: ¿podría ocurrir algo así en Galicia? Aunque nuestra geología predominante es granítica, no estamos exentos de tener sistemas kársticos. Zonas como la sierra de O Courel o el área de Mondoñedo albergan las formaciones de calizas más importantes de la comunidad, con sus propias redes de cuevas y acuíferos. Estos sistemas, aunque de menor escala que el de Grazalema, también son vulnerables a episodios de lluvias torrenciales, que cada vez son más frecuentes.

Más allá del karst, la lección de Grazalema es universal y directamente aplicable a Galicia. El principal factor de riesgo fue la saturación del suelo por una lluvia extraordinaria, una situación que conocemos bien y que en nuestro territorio se manifiesta habitualmente en forma de inundaciones y, sobre todo, deslizamientos de tierra. La borrasca Leonardo también causó aquí cientos de incidencias, recordándonos nuestra propia vulnerabilidad.

Este evento extremo debe servirnos para reforzar la importancia de la geología en la ordenación del territorio. No podemos seguir planificando infraestructuras, polígonos industriales o zonas residenciales de espaldas a la realidad del subsuelo. Integrar un análisis geológico detallado en las fases tempranas de cualquier proyecto no es un gasto, sino la inversión más rentable para garantizar la seguridad y evitar futuras catástrofes. La tierra siempre nos habla; en Grazalema lo ha hecho a gritos. Escuchémosla.

*Pablo Núñez es delegado en Galicia del Colegio de Geólogos de España

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