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Opinión | Crónicas galantes

De uñas contra los brutos

El Celta recibió de uñas a su último contrincante, aunque no en el sentido agresivo de la expresión. Jugadores y parte de la afición se las pintaron para solidarizarse con uno de sus jugadores, al que a veces intentan agraviar en otros campos precisamente por ese hábito cosmético. Y por lo que implica.

A Borja Iglesias, competente delantero, suelen llamarle gay ciertos hooligans, usando otra palabra más sonora con ánimo de injuria.

El motivo no son las uñas pintadas, naturalmente, sino su desacomplejada defensa de los derechos de los homosexuales. Y no solo eso. También fue uno de los pocos profesionales que pidieron respeto para las mujeres cuando un dirigente federativo se propasó en público con una jugadora de la selección.

Hasta ahí podíamos llegar, hombre. Un futbolista que no calla ante lo que considera injusticias, aboga por las mujeres y censura el racismo es una rara avis dentro de un deporte que aún sigue oliendo a linimento y a macho antiguo. El propio Iglesias lo hizo notar en su irónico comentario a las barbaridades que le dirigieron hace poco en Sevilla: «Qué raro, si esto en el fútbol no pasa nunca».

Por supuesto que no. Nadie se ensaña desde el anonimato de la grada o de las redes sociales con un futbolista de color (negro) ni corea el grito de mariconsón contra un jugador del equipo contrario. Esas son cosas de hace treinta años, cuando al madridista Michel le cantaban invariablemente ese insulto, que el jugador no consideraba tal. «Me llaman maricón. ¿Y? Eso no es un insulto. Habrá quienes lo sean en el estadio y no creo que vayan a insultarse a sí mismos».

Da un poco de apuro recordar que la homosexualidad no es una rareza, aunque sí parezca chocante que algunos -muy pocos- futbolistas pidan respeto para los gais, aun sin serlo ellos personalmente.

Lo raro de verdad es que un club de fútbol se solidarice con un jugador de coraje cívico tan inusual como el de Iglesias. El Celta lo ha hecho al apoyar el movimiento de uñas pintadas que este pasado fin de semana convirtió a Balaídos en estadio pionero de la lucha contra los prejuicios.

Tampoco es una sorpresa. Los dirigentes célticos vienen organizando actos similares a favor de la cultura, del mismo modo que promueven el juego de fina estética que a menudo practica el equipo. Parece lógico que, en consecuencia, hayan optado por la elegancia en la respuesta a unos insultos especialmente intolerables por su trasfondo.

Los ingleses, inventores del fútbol, lo definieron en alguna ocasión como un deporte de caballeros jugado por brutos. No es del todo justa la definición, aunque bien pudiera aplicarse a muchos forofos anclados en la edad de piedra. Contra ellos acaban de sacar las uñas -pintadas- los jugadores y aficionados del Celta. Que además ganasen el partido es solo una metáfora de otras victorias mayores.

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