Opinión | Con lo bien que iba todo
Harto
Se me ha llenado el depósito de los conflictos internacionales
Llevo tiempo sin escribir porque se me han quitado las ganas de estar a favor o en contra de lo de allí o de lo de aquí. Será hastío, que es como un aburrimiento a lo bestia: fastidio, tedio, desgana. Pero es que no quiero ni ver a los de un bando o a los del otro, que no creo en nadie, que no me fío, ¡que me sueltes el brazo, carallo ya!
«Estamos polarizados», dicen, pero para mí que estamos hasta las narices cuando vamos en el bus, cuando llevamos el coche al taller y cuando hacemos la compra medio zombies tratando de no pensar, porque si piensas todo el rato es peor. Comprendo, o aunque no lo comprenda da igual, las razones de cada cual para invadirnos con sus mierdas buscando nuestra razón, pero chico, te aseguro que cuanta más información tengo del mundo más me importa la de la plaza y el callejón, que cuanto más leo el New York Times, más me gusta el FARO. Puede que me esté asilvestrando de puro vivir en el campo, no lo negaré, que se me ha llenado el depósito de los conflictos internacionales —que el de los nacionales rebosa desde hace tiempo— y ya solo me queda tolerancia para prestar atención a lo que pasa en la parroquia.
Está el americano rompiendo todo como una estrella del rock en un hotel de lujo, borracho de poder y mirando a su alrededor para ver quién le ríe las gracias; ahora le falta hielo en el whisky y quiere invadir Groenlandia, cuando lo que tenía que hacer era acostarse y mañana tomar Alka-Seltzer. Llevábamos tiempo sin entrar en guerra y creímos que éramos gente civilizada, que sabíamos comportarnos con cordura, pero siempre hay uno con mal beber que estropea la fiesta. El primer puñetazo se lo ha llevado Maduro, que llevaba tiempo cantando en alto y empujando a los que bailan y lo iba necesitando, aunque el rubio no era quién para dárselo, y esto, más que el baile de la Cruz Roja en Mónaco, se va pareciendo a la fiesta de la espuma en una nave industrial entre Aranjuez y Chinchón. Ahora a Putin le han rayado en el parking el Seat León nacarado que tenía forma de petrolero, y va a entrar al guateque con la navaja en el bolsillo. Termina liándose y en vez de pelea tenemos el apocalipsis. El chino dice Taiwán, pregunta sin preguntar que si puede ir pasando, y a Von der Leyen nadie la saca a bailar y está acodada en la barra bebiendo garrafón.
Con este panorama, es normal que no escriba, que no lea, que no vea informativos, que no beba vino, ¡uy, perdón!, esto último sí que no.
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