Opinión
Sobre la exhumación de los restos de Miguel de Unamuno
De un tiempo a esta parte se viene especulando con la hipótesis de que Unamuno, en la gélida tarde del 31 de diciembre de 1936, y en su casa de la calle Bordadores, no murió por causa de una hemorragia bulbar, como certificó el médico, sino por la acción de una mano homicida. En rigor, el tema no es nuevo. Ya en los días siguientes a su fallecimiento, la prensa republicana difundió la especie de que había sido asesinado por los falangistas; unos hablaron de envenenamiento, otros, de fusilamiento, y hasta hubo quienes en el frenesí de la fantasía llegaron a decir que había sido asesinado de noche por una cuadrilla de falangistas uniformados. No obstante, es lo cierto que, en lo que yo alcanzo a saber, durante décadas la familia nada hizo por saber si efectivamente hubo una muerte violenta, previamente planeada por los rebeldes, como represalia a las palabras reprobatorias de Unamuno contra aquella guerra incivil, pronunciadas en su enfrentamiento con el vehemente e histriónico Millán Astray en el Paraninfo de la Universidad el 12 de octubre de 1936.
La tesis del asesinato ha resucitado hace poco alentada por Manuel Menchón, Luis García Jambrina y Carlos Sa Mayoral, para quienes la versión hasta ahora conocida de la muerte natural, sobrevenida y repentina mientras conversaba en su casa con el falangista Bartolomé Aragón, no es sino una urdimbre oficial amañada para ocultar la realidad de lo acontecido. Aún más, el último de los citados, en una acrobática inferencia, aventura la tesis de que el asesinato pudo haber sido ordenado por el mismo Franco para evitar una posible huida de Unamuno al extranjero, donde podía dar a conocer el horror de lo que estaba ocurriendo en España, la incivilidad de la contienda, la barbarie de los «hunos y los hotros».
Conocidos los argumentos de los tres antes citados, no puedo sino entender que lo que ellos construyen no pasa de una mera conjetura, una figuración. Parten de unos datos que tienen por indiciarios y los anudan a una consecuencia: la muerte violenta del rector, perpetrada en su propio domicilio, por medio o mecanismo desconocido. Pero para que los indicios sirvan de apoyo a una razonable conclusión, para que el juicio inferencial sea aceptable, es preciso un enlace no solo lógico, sino también vigoroso y preciso, no susceptible de ser abatido por otras hipótesis alternativas. Lo cierto es que, a mi juicio, el tránsito que aquellos hacen desde los indicios que señalan hasta el resultado que apuntan es de frágil consistencia en cuanto que es fácilmente cuestionable por infirmaciones varias. No voy a descender aquí al detalle. Me remito a lo que ya he escrito sobre este particular en la revista CTXT (A vueltas con la muerte de Unamuno, 27-7-2024) y en este mismo diario (El juez y el historiador ante la muerte de Unamuno, 16-8-2024).
En cualquier caso, y en la idea de que pueda tratarse de un caso similar al de Neruda, varios profesores de la Universidad del País Vasco han decidido secundar y ofrecer apoyo a la investigación interdisciplinar iniciada por la Universidad de Salamanca para esclarecer las causas – últimamente disputadas- de la muerte de Unamuno, porque, en su opinión, hay suficientes indicios de criminalidad en torno a ella. Desconozco si la familia del rector salmantino autorizará la exhumación, como ignoro también si después de tantos años la necropsia puede aportar algún dato aprovechable.
Bien; en el caso de que el proyecto prospere y los restos de Unamuno estuvieren en condiciones de dar noticia útil, ya veremos si el análisis forense proporciona una prueba científica que avale la tan traída y llevada hipótesis de reciente circulación.
Nunca hubiese imaginado don Miguel que no le dejarían vivir tranquilamente su muerte, hasta el extremo de plantear, 90 años después de su fallecimiento, la remoción de su reposo final para que sus restos puedan ser investigados. Sea, si así la familia lo quiere y autoriza la exhumación.
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