Opinión | Crónicas galantes
Imperio es el que impera
Aturdidos por la facilidad con la que el emperador Donald Trump acaba de descabezar al régimen chavista, muchos se preguntan si está bien que el presidente de un país arreste al de otro. En realidad, la cuestión debiera ser si puede hacerlo o no. Y ya ha quedado claro que sí puede.
Ni siquiera es novedad. Al dictador panameño Manuel Noriega lo detuvieron -o raptaron, según se vea- las tropas americanas bajo parecidas acusaciones a las que ahora deberá afrontar el venezolano Nicolás Maduro. El precedente no puede ser más ominoso para Maduro, dado que Noriega sufrió una condena de cuarenta años por los cargos de narcotráfico y delincuencia organizada. De poco le valió, en su caso, el haber sido un eficiente colaborador de la CIA durante años.
Esto ya lo había dejado claro hace más de dos siglos el rey de Prusia, Federico II el Grande, que era casi tan directo como Trump. Cada vez que Federico necesitaba atacar a otro país, su primera preocupación era reunir un ejército bien dotado de caballería, cañones e infantes. Solo después se ocupaba de reunir a un grupo de expertos juristas para que avalasen su indudable derecho a hacer lo que ya había hecho.
«Los tratados que no estén basados en cañones son lo mismo que música sin instrumentos», solía decir el pragmático Federico. El corso Napoleón, que leía a Maquiavelo con la misma fruición que el rey prusiano, compartía también esa opinión. «La razón está del lado de quien tenga la artillería más pesada», afirmó en famosa sentencia el emperador francés.
Menos aficionado a la lectura que esos dos precursores, Donald Trump no deja de aplicar sus cínicas pero no por eso menos sabias enseñanzas. Consciente de que es el jefe de un imperio, el presidente americano interviene en Irán, en Yemen, en Venezuela y en cualquier otro lugar del mundo que le plazca. Lo hace, como muchos de sus predecesores en el cargo, porque le sale de los cañones (o de los misiles).
Otra cosa es que Maduro o, hace más de treinta años, Noriega, se hubiesen ganado a pulso la intromisión de las fuerzas imperiales. Los dos ejercían su función de dictadores y tanto el uno como el otro fueron acusados de amañar elecciones en su propio provecho. No pocos de sus súbditos habrán sentido alivio cuando fueron depuestos, por más que el procedimiento sea abiertamente cuestionable.
Si acaso, pudiera y debería reprocharse a los emperadores al mando que no hayan tenido el mismo celo con otros autócratas tales que Pinochet en Chile o los Somoza en Nicaragua. De estos últimos decían que «son unos hijos de perra, pero son nuestros hijos de perra», y ahí se zanjaba el asunto.
Discuten ahora los analistas más sagaces sobre la ética de una agresión militar a otro país y el arresto de su presidente. No les faltará razón a quienes condenen tales procedimientos, pero eso es tanto como ignorar la dinámica de los imperios. Que son los que imperan, como su propio nombre indica.
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