Opinión | Escambullado no abisal
El sujeto
Claudio Giráldez nos recuerda que no somos extras sin nombre sino protagonistas de una película de Howard Hawks

Williot Swedberg celebra uno de los goles ante el Real Madrid. / AFP7 vía Europa Press
Uno no es de clubes como el Celta porque quiera, sino porque le ha tocado. Siempre existen excepciones, claro, más allá de nuestras fronteras geográficas y emocionales: por una camiseta que te regaló en Navidades algún familiar excéntrico, por un capricho de dandi adolescente del que ya no has sabido desprenderte, por masoquismo o rebeldía... Hay celtistas de Japón o Tailandia que se escalofrían en Balaídos. Hay celtistas que sienten profundamente esta herencia sin antepasados que lo justifiquen.
En general, sin embargo, una larga cadena genética nos explica. Nacimos en Galicia o de gallegos. Todas las migraciones y mestizajes, desde aquel primer homínido africano que partió hacia el horizonte, nos han conducido a esta condición. Cuando abrimos los ojos en el paritorio ya éramos celtistas, aún sin saberlo. Lo seremos hasta que nos los cierren en la morgue, aunque hayamos querido apostatar.
Otros clubes, en cambio, se eligen de manera consciente. Muchos madridistas y barcelonistas, al menos fuera de Madrid y Cataluña, decidieron proclamarse como tales tras un meticuloso proceso. Quizá ahora no lo recuerden o crean que experimentaron una revelación genuina; que Dios o la fortuna los eligieron casualmente para enrolarse en los equipos que siempre ganan. También habrá de todo, por supuesto, una cierta lírica, y en cualquier caso nada se les puede reprochar. Es el éxito más sencillo que tenemos a nuestro alcance, sin necesidad de emprendimientos ni oposiciones. Te proclamas del Real Madrid y automáticamente se le adjudican quince Copas de Europa a tu currículo.
Vencer es muy bonito, aunque sea vicariamente. Alimenta el ego y alivia los sinsabores cotidianos. Más que eso, sientes sobre todo que importas. Las historias se relatan desde tu primera persona del plural, incluso en los disgustos. Si uno lee, escucha o presencia las crónicas en teoría estatales, en ninguna de ellas venció el Celta. Ha perdido el Real Madrid. Ellos constituyen el sujeto. Nosotros, su complemento circunstancial.
El Real Madrid o el Barcelona, su contraparte necesaria en este universo simbólico, ejercen de protagonistas, o sea. Son los personajes a los que el guionista ha detallado personalidad, pasado y anhelos. El mundo se describirá desde su mirada. La acción se desarrollará conforme a sus decisiones. Son el héroe, en suma, que cabalga hacia el final feliz, en esta o en la próxima temporada. O el villano del otro en la dialéctica del puente aéreo. Al Celta, a los clubes como el Celta, me los solía imaginar como a esos extras que caen acribillados en segundo plano. Nadie los llora porque nadie se ha preocupado por escribirles una vida previa. Existimos, sin embargo. Es lo que Claudio Giráldez y sus chicos le han gritado al mundo desde el césped del Santiago Bernabéu.
Me han contado que tras caer en su primera visita al Metropolitano, con el equipo jugándose la permanencia, Claudio no reprochó a sus jugadores la derrota; les afeó que no se hubiesen comportado con valentía. Ese espíritu que está inculcando a su plantilla, igual que a la afición, es su principal revolución, más que las infinitas rotaciones. Y es el legado que se debe conservar y transmitir de generación en generación en A Madroa y Afouteza cuando su tiempo ya haya pasado. No el estilo ni el dibujo, sino el sujeto que antecede al verbo.
No somos extras sin nombre que se enumeran con letra de hormiga en los créditos finales, Claudio nos recuerda que nunca lo hemos sido, sino protagonistas de una película de Howard Hawks. Tipos que aceptan la tarea que se les ha encomendado sin rechistar, con dignidad profesional, y que se enfrentan a las dificultades con lo que tienen a mano, incluso a sabiendas de que la muerte los espera a la vuelta de la esquina. Más héroes, con nuestras ropas raídas y nuestras barbas ralas, que aquellos otros impolutos.
Uno no es de clubes como el Celta porque quiera, sino porque le ha tocado, insisto. Así que debemos agradecer la suerte que se nos ha concedido. Componemos una familia que nos sustenta, nos prolonga y nos trasciende más allá de lo que dicte un marcador. Es más que probable que el resultado sea distinto en la próxima visita al Santiago Bernabéu. Da igual lo que digan entonces las tertulias o lo que proclamen los presupuestos. No habrá ganado el Real Madrid si tal cosa sucede. Habrá perdido el Celta. «Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino / ni cuantos castigos lleve mi espalda», escribió William Ernest Henley en Invictus y conviene recitar. «Soy el amo de mi destino, / soy el capitán de mi alma».
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