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Opinión

La noche en que Madrid se vistió de celeste

Lo confieso: en la noche del domingo, mientras el Celta asaltaba el Bernabéu, sentí que ante mí se despertaban los sueños en los que Mostovoi trazaba diagonales imposibles, Mazinho domaba el tiempo y Gudelj disparaba cometas desde treinta metros. Esa memoria volvió, empapada de esperanza y salitre, cuando el 0-2 iluminó la noche madrileña como una aurora inesperada, vistiéndola de azul.

La victoria no fue sólo un marcador: fue una epifanía

«Somos un pobo de irmáns e vento» (Manuel María).

Y algo de eso hubo en el campo: un viento fraternal que empujaba cada carrera, cada recuperación, cada resistencia ante el gigante blanco. No era sólo táctica. Era alma. Era esa densidad emocional que cargan los equipos que no pueden permitirse el olvido. Dotada de ese axioma inolvidable: presión sobre el contrario y ayuda al compañero.

Porque para el celtismo, ganar en el Bernabéu no es un simple acto deportivo: es derrotar un destino, un gesto contra siglos de centralismo futbolístico, una pequeña reparación poética.

Desde mi corazón de celtista irredento

Anoche entendí mejor que nunca que las victorias tienen también su revés íntimo: ganar no siempre es costumbre; a veces es milagro. Y el Celta, que tantas veces se dejó la piel en derrotas dignas, merecía una noche milagrosa.

Cuando Swedberg (el arquero nibelungo) marcó el primero, ese taconazo que parecía escrito por un poeta joven dispuesto a romper la métrica, sentí que en el Bernabéu se abría una grieta por la que se colaba el Atlántico. Y en el segundo, aquel suave latigazo final del descuento, fue como si alguien apretara un botón secreto que activaba la memoria de todos los que ya no están para ver esto: los abuelos que nos llevaron de la mano a Balaídos, los que dejaron su bufanda sobre la silla vacía.

«A Realidade é tamén un mito» (Castelao)

Y anoche el mito cambió de bando por unos minutos. El periodista Ramón Besa me dijo un día que el fútbol es un maestro paciente y severo. Y algo nos enseñó la noche:

Que los equipos que sufren crecen como árboles viejos: hacia dentro primero, hacia arriba después. Que a veces hace falta sentir que vas a tocar fondo para empujar con más fuerza. Que no hay gesta sin convicción. Que el Celta, cuando se acuerda de sí mismo, es un equipo que puede conmover. Y por eso el Bernabéu es de los pocos sitios donde lo imposible ocurre de vez en cuando, sólo para recordarnos que estamos vivos.

Para la historia y para la poesía

Quizás mañana esta victoria vuelva a ser estadística. Quizás dentro de unos años apenas recordemos la alineación y los detalles. Pero la emoción, esa sí quedará: la noche en que el Celta hizo temblar al coloso, la noche en que Vigo encendió una hoguera en Chamartín, la noche en que por un instante el mundo fue pura belleza vestida de celeste.

Hace años mi amigo del alma Manolo Rivas pedía que enterrasen su corazón en Riazor; yo, celtista irredento, hoy grito sin pudor: Que el mío quede para siempre en Balaídos, sin parar de latir como anoche en Madrid.

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