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Opinión | Crónicas galantes

Boicot a un festival revolucionario

La RTVE, brazo televisivo del Gobierno, se ha declarado en huelga de cante en Eurovisión, lo que no deja de resultar sorprendente. No todos los días se rompe con una tradición de más de sesenta años.

Desde los tiempos en blanco y negro de la entonces TeleCaudillo, el festival venía convocando a millones de españoles ante la pantalla. Este año que ahora termina, sin ir más lejos, acaparó a la mitad del total de televidentes, con picos de hasta el 60%.

Esa millonada de espectadores podría sentirse ahora huérfana, pero hay que tener en cuenta que es por una causa humanitaria.

Alega en efecto la televisión del Estado que la presencia de Israel en el festival resulta incompatible con los derechos humanos después de lo sucedido en Gaza. A ello hay que añadir la sospecha de que el gobierno israelí y sus servicios secretos pudieran haber conspirado para trucar a su favor los decisivos votos por vía telemática. Se trataría de una moderna versión de la conjura judeo-masónica.

Razones políticas aparte, el boicot de España a Eurovisión es un acto de gran calado diplomático y sentimental. Que lo impulse un gobierno progresista como el actual supone, además, un cierto grado de paradoja.

Eurovisión, que nació como un festival de estética hortera, se había convertido con el paso de los años en un evento casi revolucionario. Lo mismo incluye a Australia en Europa que rompe los usos del espectáculo con la actuación de una mujer barbuda, un pavo de peluche o un Rodolfo Chikilicuatre.

Más allá de esas curiosidades, Eurovisión pasó a ser un baluarte del movimiento LGTBIQ+. En el palmarés del festival figuran cantantes transexuales, lesbianas, bisexuales, drag queens, queers y hasta una persona de sexo no binario.

Fue precisamente una cantante de Israel, Sharon Cohen, la que dio visibilidad en el mundo a las personas transgénero al ganar la edición de 1998. Cinco años después, dos adolescentes compitieron en representación de Rusia bajo la promesa de contraer matrimonio si el jurado las premiase. Quedaron terceras, pero el machote Vladimir Putin todavía no se ha recuperado del susto.

Después vendrían los triunfos de una serbia defensora del amor entre mujeres y de un holandés que se definía como bisexual orgulloso de esa condición. A la lista, aún incompleta, habría que sumar los éxitos del suizo no binario Nemo, en 2024; y del queer austriaco Johannes Pietsch, que ganó la edición 2025 del festival.

Todos ellos han hecho más por la causa de la diversidad erótica que cualquier ministerio de Igualdad. Quizá por eso extrañe que haya sido un gobierno abanderado de ese empeño el que encabece el boicot contra Eurovisión, aunque sea por otros motivos.

Por si eso fuera poco, vamos a dejar a Portugal sin los puntos que cada año recibía de su buena vecina España. Todo son daños en este desdichado asunto.

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