Opinión

Subdirector de Faro de Vigo
Un trozo de tela con amor
La gripe invernal, que no entiende de nostalgias, exige el uso de mascarillas, lavado de manos, ventilación y vacunación para evitar un virus que sigue siendo letal

En las últimas semanas se ha producido un aumento de casos de gripe, Covid-19 y VRS. / FREEPIK
Ojo con la gripe, que este año llega rebelde, con ganas de revancha, dispuesta a recuperar el protagonismo perdido frente al covid. Y, como ocurrió con la pandemia, con disparidad de opiniones sobre el uso de la mascarilla. Hasta hoy —porque esto puede cambiar de un día para otro—, lo que han pactado el Ministerio de Sanidad y los gobiernos autonómicos es recomendar el cubrebocas si hay síntomas gripales y generalizar su uso en hospitales y centros de salud mientras el ratio de contagios siga alto. ¡Qué menos! Y, por supuesto, animar a la población a vacunarse, que es gratis, no duele y puede salvarnos la vida, literalmente.
Todos tenemos fresco el daño que hizo el covid: las miles de muertes que dejó en herencia, la psicosis colectiva y la paralización —en sentido literal— del país y, me atrevería a decir, del mundo entero. Pero la gripe (la de toda la vida y también las nuevas variantes) sigue encabezando la lista de virus respiratorios en España, con 33.000 hospitalizaciones, 1.800 ingresos en UCI y otras 1.800 muertes al año. Así que, bromas, las justas. No todos los gripazos se curan con sofá, manta y paracetamol.
Inmunizar contra reloj
¿Hemos aprendido algo de la crisis del coronavirus? Si nos atenemos a los datos de vacunación en Galicia, parece que no. De hecho, el Sergas está tratando de inmunizar contra reloj a decenas de miles de menores, y la tasa de cobertura en el lado opuesto de la pirámide de población, nuestros mayores, tampoco ha alcanzado los niveles esperados. ¿Y en cuanto a las medidas de prevención personal —mascarilla, lavado de manos, ventilación—? Pues intuyo que regulinchi, como dicen mis hijos. Eso sí: la compra de mascarillas, como ha publicado mi compañero Carlos Ponce, se ha multiplicado por ocho en las últimas semanas. Bien.
Hablando de mascarillas: el otro día, rebuscando en los bolsillos interiores de una chaqueta perdida durante demasiado tiempo en el maremagnum del fondo de armario, encontré un tapabocas de tela. Fue sacarlo y meterme en la máquina del tiempo rumbo a hace cinco años. Una mascarilla cosida a mano con cariño por mi difunta madre —que mucho la echamos de menos—, que me había hecho llegar en pleno confinamiento, cuando no había o eran muy caras, y cuya eficacia era más que dudosa en comparación con una FFP2 o similares. Pero lo que contaba era la intención: proteger a su hijo.
Sigue ahí, doblada con cuidado en el mismo bolsillo, como una reliquia de guerra; la prueba de que, cuando de verdad nos jugamos la vida, hasta un trozo de tela cosido con amor vale su peso en oro. Hoy las tenemos a 5 euros el paquete de diez, higiénicas, eficaces y al alcance de cualquiera.
Pues eso: que no hace falta volver a coserlas en casa ni pelearse por un lote en la farmacia de guardia. Solo hace falta querer usarlas. La gripe no entiende de nostalgias ni de «ya pasó lo peor». Llega puntual cada invierno y se cobra su tributo. Así que, si este año les toca ser quien protege o quien es protegido, pongámonos la mascarilla, lavémonos las manos, ventilemos y vacunémonos… y dejemos de jugar a la ruleta rusa con un virus que, por conocido que sea, no es menos letal.
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