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Opinión | Con lo bien que iba todo

Aldea global

Hoy quiero cerveza con alcohol y pan con gluten, leche con lactosa, refrescos con azúcar y gasolina con plomo, café con cafeína, carne con grasa, leche con nata, jamón con sal, y mantequilla con todo su colesterol bien gordo que me obstruya lo que a mí se me ponga en mis las pelot... estoo... narices.

Ya veré qué tomo de todo eso, qué me sienta mal y qué bien, pero ¡por Dios, que estoy frito de tanto control propio y ajeno!

Soy boomer, viví los ochenta, y no os podéis imaginar la explosión de libertad hasta que la cosa se normalizó. Mientras nos hacíamos europeos, este era uno de los lugares más divertidos del planeta. Cierto que el precio de los excesos fue muy alto para algunos, pero los que no pagamos la cuenta tenemos valiosísimos recuerdos aunque no muy nítidos, soesverdá.

Por suerte también, en aquellos tiempos no había teléfonos móviles, salvo alguna excepción del tamaño de un maletín y sin cámara que dejase constancia de lo que pasó en Las Vegas y en Las Vegas se quedó.

Yo creo que de la pandemia no hemos salido mejores, salimos igual de maravillosos y de despreciables, de mezquinos y de generosos, capaces de logros imposibles que hacen que la humanidad avance, y de las peores atrocidades que la hacen retroceder al Cuaternario, pero hemos desarrollado, gracias a la digitalización y a las comunicaciones, una capacidad gigantesca de meter la nariz en los asuntos ajenos que hacen que este lugar tan extraordinario esté empezando a resultar un poco incómodo, no mucho, pero un poco.

Volviendo a que soy boomer -ya dije- es bien verdad también que cada día me importa la opinión ajena lo que le importa a los demás la mía, de modo que con más frecuencia tiendo a apreciar la mayoría de las observaciones en lo que valen.

El futuro nos ha traído un poco de pasado, de restricciones y de vieja del visillo digital, aunque también nos reúne en una plaza del pueblo sin salir de casa. Esto debe ser aquello de la aldea global, y estamos descubriendo que, como somos siete mil millones de aldeanos, hay muchos más tontos del pueblo de lo que podríamos suponer, y también más afán por ser el alcalde. Son las cosas del progreso, que a veces va para atrás.

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