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Opinión

«Homo homini lupus»

La noticia de los «safaris humanos» que se organizaron durante la guerra de los Balcanes produce un profundo desasosiego

Oscar Wilde decía que cuando Dios creó al hombre sobrestimó su habilidad y yo añado que como lo hizo el sexto día debía andar ya un poco cansado. Digo esto porque parece que no le hemos salido muy bien. La noticia de que durante la guerra de los Balcanes se organizaron «Safaris Humanos», o sea cacerías de personas, como lo leen, me ha producido una impresión terrible y un profundo desasosiego, agravados por el hecho de que tuvieran lugar en el corazón de una Europa que es cuna de la filosofía griega, del Derecho romano y del humanismo cristiano que queremos suponer que hubieran debido inmunizarnos frente a estas muestras de maldad y de salvajismo. Y reconozco el sesgo racista de una opinión que parece insinuar que cosas así serían siempre condenables pero quizás más «comprensibles» en otras latitudes alejadas de la «civilizada Europa», aunque visto lo visto no estoy muy seguro de que ese sea el adjetivo adecuado para nuestro continente. Es muy deprimente y no logro quitármelo de la cabeza.

Al parecer un grupo de serbios emprendedores, con el apoyo de los servicios secretos de su país y de las mismas Fuerzas Armadas para facilitar viajes por zona de guerra y acceso a lugares especialmente favorables en la misma línea del frente, organizaban estos «safaris» a precios que podían alcanzar hasta 200.000 y 300.000 euros por un fin de semana de cacería humana. Las tarifas que se cobraban podían ser aún más elevadas si el objetivo eran niños o mujeres embarazadas. Como lo leen. Igual que en África, donde todo cazador sabe que matar a un elefante es más caro que una gacela, o que un león es más caro que un facochero. Los interesados eran llevados en vehículos militares (incluidos helicópteros) a lugares como Sarajevo, Mostar, o la misma Srebrenica, el lugar donde los serbios asesinaron a sangre fría a ocho mil bosnios ante la inoperancia de un contingente holandés de la Misión de las Naciones Unidas. Precisamente Srebrenica es junto con Ruanda y Cambodia los tres casos de genocidio reconocidos por las Naciones Unidas porque en lista de espera siguen los de los royinga, los armenios y los gazatíes. Una vez llegados a su destino les llevaban a lugares desde donde, bien instalados y a cubierto, dominaban rutas urbanas probablemente entre escombros que los famélicos residentes tenían que utilizar en su vida diaria. Y les disparaban, uno imagina que entre copas, puros, risotadas y también bromas por los gatillazos. Y luego regresaban a su país, a su familia y a su trabajo como ciudadanos corrientes, como si nada, como si la salvajada criminal que acaban de cometer fuera lo más normal del mundo. Es terrible. Hannah Arendt en estado puro.

Se desconoce el nombre de los participantes aunque la Fiscalía de Milán ha abierto una investigación que solo está en sus comienzos y que parece contar ya con algunos datos que apuntan a un perfil de gente aficionada a las armas de fuego, suficientemente rica como para pagar el elevado coste de esos asesinatos a la carta de otros seres humanos, y desde luego sádica y amoral. Entre los posibles implicados se habla de una mayoría de italianos aunque también habría franceses, británicos y alemanes. Hasta el momento no han aparecido nombres españoles.

Noticias como esta le hacen perder a uno la fé en la Humanidad y estar de acuerdo con Pascal cuando decía que «cuanto más hablo con los hombres, más admiro a mi perro». Parece que no hubiéramos aprendido nada en los últimos dos mil años de historia, que todavía hay entre nosotros gentes insensibles y dispuestas a disfrutar con el dolor ajeno como hacían los romanos en el anfiteatro, con la diferencia a su favor de no considerar provistos de derechos a los esclavos, delincuentes o prisioneros de guerra que allí se sacrificaban para entretenimiento de las masas. Rousseau hablaba del «buen salvaje» pervertido luego por la civilización, mientras que Hobbes, más cínico y realista, concluía que «el hombre es un lobo para el hombre» y que es precisamente la civilización la que con su educación, sus normas y sus códigos penales logra a duras penas embridar las tendencias crueles a que conduce la lucha por la supervivencia. Es muy deprimente. Deseo con toda mi alma que la investigación en curso avance y que todo el peso de la Ley caiga sobre esos canallas.

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