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Opinión | El correo americano

No defiende a Hitler, pero…

En la entrevista que le hizo Tucker Carlson a Piers Morgan uno puede observar algunos de los síntomas que padece una parte de esa derecha populista más orgullosamente asilvestrada. Queda claro que Carlson tiene unas obsesiones un tanto extrañas. Cree, por ejemplo, que Rusia es menos autoritaria que el Reino Unido. Le preocupa (mucho, muchísimo) que ya no haya tantos británicos de raza blanca. «Esto no es supremacismo, se trata de la población indígena del país», afirmó con un tono de indignación, creyéndose el único que parece haber identificado esa paradójica obviedad.

Morgan le rebatió con una mezcla de humor e incredulidad. «Tucker, tú no te crees eso de que en Rusia hay más libertad de expresión que en Gran Bretaña». Ante el tema de que un día su país dejará de ser mayoritariamente blanco, Morgan contestó: «¿Y qué?». El periodista británico no es precisamente una persona apreciada por el nuevo progresismo; ahora está promocionando un libro sobre el daño que ha hecho la izquierda Woke en las sociedades occidentales. Pero Carlson va mucho más lejos en sus provocaciones. Salió el nombre de Hitler, «a quien, por supuesto, no defiendo, pero…», dijo Carlson. Resulta que, a su juicio, Gran Bretaña fue a una guerra que no le incumbía porque la invadida fue Polonia (y así establece un paralelismo con Ucrania, claro). De ahí esta obcecación con Churchill, a quien le atribuye un papel oscuro en la Segunda Guerra Mundial, cuyas repercusiones fueron desastrosas para el otrora gran Imperio Británico.

Este es el nivel. El revisionismo de oídas. El típico de «me lo acaba de decir alguien que parece que sabe mucho». Una falsa revelación. Todos son tontos y todos están manipulados por el sistema. Menos él, que solo hace preguntas. Nos lo han explicado mal y ahí está Carlson (quien al menos confiesa no saber mucho de los temas sobre los que habla) para iluminarnos. No es racismo, por supuesto. Solo le preocupa la presencia de otras etnias en lugares donde antes dominaba la caucásica. Por alguna razón, esta inquietud tiene ahora mucho atractivo.

Carlson dice que valora más el autoritarismo honesto (y su supone que viril) que el autoritarismo que no osa decir su nombre (la izquierda Woke). Curiosamente se puede decir lo mismo de él. La suya es una ideología que no se confiesa nunca (solo se pone rotundo cuando habla de Jesucristo). No va de frente con su -ismo (hasta tiene problemas con la derecha). Provoca mucho, eso sí. Es verdad que hace preguntas (absurdas). Y sugiere ciertas teorías que (oh, coincidencia) difundían (con mucha más claridad) los totalitarismos del siglo XX. En un momento de la entrevista se empeñó en repetir una palabra que se usa como insulto contra los homosexuales. De una manera maníaca, infantil y cruel. Dijo que quería pronunciarla porque en el Reino Unido puedes ir preso por ello. Pero que tiene muchos amigos gais. Aunque, según él, muchos de ellos «se mueven en esa dirección debido a la propaganda y a la pornografía». Aquí tenemos al librepensador de la derecha alternativa. Más preocupado por el color de la piel de los londinenses y la orientación sexual de sus compatriotas que por los misiles de Putin. «No defiendo a Hitler, por supuesto, pero…».

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