Opinión
carmen dominguez grandal
Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino
“El Estado sionista de Israel surgió a raíz de una ocupación militar extranjera, teocrática y única en el mundo, inscrita dentro del proceso de colonización británica en Palestina. Por esta misma naturaleza nació en un contexto abiertamente terrorista, dependiendo para su supervivencia del apoyo económico y militar de Estados Unidos y de las grandes potencias occidentales, que avalaron su creación artificial por resultarles indispensable para sus intereses estratégicos y económicos en la región.
Desde entonces, el pueblo palestino ha sido expulsado progresivamente en distintas oleadas mediante el uso de la fuerza. Las organizaciones terroristas judías-sionistas —Haganah, Stern e Irgun— perpetraron espeluznantes masacres entre 1947 y 1948 con el objetivo de sembrar el pánico entre la población civil palestina antes de la partición. La masacre más recordada es la de Deir Yassin, cometida el 9 de abril de 1948 bajo el mando de Menahim Begin. Aquellas bandas terroristas llegaron incluso a abrir en canal a mujeres embarazadas. De esta y otras masacres cometidas en Palestina existe abundante documentación que testimonia estos crímenes contra la humanidad”.
Este es el resumen de un artículo científico titulado “Memoria colectiva y holocausto palestino”, publicado en la revista de psicología: Psicol. Am. Lat. n.º 4, México, agosto de 2005) por Nelly Marzouka. Es un artículo excelente cuya lectura recomiendo.
¿Cómo es posible que semejante injusticia siga presente hoy, cuando los derechos humanos están por escrito y existe un tribunal internacional encargado de velar por ellos?. Incluso Einstein hablo sobre esta injusticia.
El padre de mis hijos es palestino, y viví en primera persona el trato que las fuerzas de ocupación dan a la población. Paradójicamente, Palestina fue uno de los pocos lugares donde los judíos no fueron expulsados, sino que convivían en paz con ellos. Él cuenta que, de niño, incluso deseaba ser judío, porque durante la clase de religión —mayoritariamente musulmana— los alumnos judíos salían al recreo.
La primera vez que visité la casa de la abuela de mis hijos, al entrar en el salón observe que faltaba una pared. Solo cuando regresé a España supe la razón: el ejército de ocupación había detonado una bomba en la casa contigua y la onda expansiva la derribó; los sionistas no le permitieron reconstruirla, y hoy aún sigue así. Todas las viviendas que han bombardeado seguirán derruidas porque no conceden permiso para reconstruirlas.
Otra imagen impactante fue la de las matrículas de los coches: amarillas para los ocupantes y azul verdoso para los autoctonos.
Cada vez que viajábamos, los militares de ocupación, al ver mi pasaporte y comprobar que estaba casada con un palestino, me sometían a un trato psicológico humillante. Me separaban de la fila, haciéndome esperar largos periodos bajo la mirada incrédula de los demás. Cuando entraba la policía sionista, sentías el arma que colgaba de su hombro rozándote. Una vez perdí la voz; supe después, que había sufrido un ataque de pánico.
Hace años, en el Hospital Xeral, teníamos una revista —«O Piruli»—. Como mis compañeros me preguntaban por Palestina, decidí escribir sobre lo que allí ocurría y permanecía silenciado. Sin embargo, el padre de mis hijos me pidió que no lo hiciera: los sionistas vigilaban, y su familia podía correr peligro. Aquel artículo nunca se escribió.
Tras la pandemia pensé que la humanidad, por fin, se uniría. Habíamos colaborado para enfrentarnos juntos a un virus desconocido. Pero ocurrió lo contrario: en Palestina, ciudades enteras bombardeadas a plena luz del día, una voluntad abierta de exterminar rápidamente a todos los habitantes que quedan.
¿Cómo es posible que el tribunal internacional siga sin actuar? Como dijo Noam Chomsky, lingüista judío: “Los palestinos son pobres y el lobby sionista es muy poderoso”.
El dinero por encima de los derechos humanos. Incluso por encima del derecho básico de un pueblo ocupado a defenderse. Los palestinos —como cualquier otro pueblo bajo ocupación ilegal— tienen derecho a resistir. En este caso, la resistencia está representada por Hamás, que ganó las elecciones de 2006, aunque quieran hacernos creer que son terroristas.
Practiquemos un consumo consciente: no comprar productos financiados por el lobby sionista, porque están manchados de sangre. No podemos permitir que un grupo religioso extremista se autoproclame pueblo elegido y superior, considerando impuros a todos los demás.
Toda la humanidad comparte el mismo hogar: el planeta Tierra.
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