Opinión
El gran ruido
La memoria colectiva, ese pinar rumoroso, es hoy una cacofonía digital. El tiempo en que la palabra viajaba con el eco de un pregonero ha sido devorado por un reloj implacable que, cada sesenta segundos, vomita una marea de datos que supera cualquier capacidad humana de digestión. Por compromisos profesionales, también con ustedes, me he estado actualizando.
El análisis frío de las cifras que me aporta la IA, desvela el salto de casi cero contenido digital masivo en 1994 a 661.000 piezas por minuto en 2025, y que proyecta un tráfico de 4.000 TB (Terabytes) por minuto en 2030, no solo ilustra una evolución tecnológica; anuncia una ruptura ontológica. La comunicación ha dejado de ser un acto reflexivo para convertirse en una fuerza geológica, un tsunami que nos obliga a repensar dónde reside la verdad, la confianza y el poder individual. En mi moderta opinión puedo responderles que en los medios de comunicación y en los profesionales.
El motor de este colapso es la Inteligencia Artificial (IA), proyectada para generar la mayor parte de los 1,1 millones de piezas de contenido por minuto en 2030. La IA no es solo una herramienta; es una fábrica invisible que produce contenido a una escala y velocidad que anula la necesidad de la verificación humana. Esto plantea una aporía –enunciado que expresa o que contiene una inviabilidad de orden racional– ética y profesional. Cuando el volumen de información es infinito, la credibilidad tiende a cero. El periodista, el comunicador, ya no compite por ser el primero en llegar, sino por ser el único en el que se confía. Si la mentira viaja a la velocidad de la emoción, como se demostró con los bulos virales, la única defensa es la pausa y el chequeo vertical, herramientas que exigen una disciplina que la propia tecnología se esfuerza en suprimir. Recuerdo el aviso del insigne redondelano Ignacio Ramonet: “Todo exceso de información es una suerte de censura”.
La transición a la Realidad Extendida (XR) —el término que engloba la Realidad Virtual y la Realidad Aumentada (RA), donde se superponen datos digitales sobre el mundo físico— introduce problemas legales y económicos de una complejidad sin precedentes. El derecho de autor se desmorona cuando la IA crea obras derivadas de millones de fuentes en minutos. ¿Quién es el autor de un texto o una imagen generada por algoritmos? Las bases del contrato social que regulan la propiedad intelectual, diseñadas para un mundo de producción individual y finita, son inútiles ante la escala de la producción cifrada. Además, el concepto de soberanía informativa se diluye. Los problemas legales ya no son territoriales, sino guarismos digitales. Las normas que intentan frenar las fake news en un país son sorteadas por plataformas que operan bajo lógicas globales. El problema ya no es qué se dice, sino cómo la arquitectura de la red garantiza la verdad, o al menos, la transparencia sobre la fuente. Y aquí hemos de retornar a los profesionales y sus códigos deontológicos.
El salto de 400.000 fotos a 3 millones de imágenes y vídeos por minuto en la próxima década –quédense con la proporción de crecimiento exponencial, en todo caso prudente, no con los datos exactos– explicita y ratifica esta tesis, transformando a la humanidad en generadores y consumidores compulsivos de estímulos visuales. Frente a esta marea, el poder no reside en el mensaje que se recibe, sino en el tamiz que aplica el receptor. El Poder de la Pausa y el Filtro de las 24 Horas –el reposo, no la respuesta compulsiva– son hoy tan esenciales para la salud pública como la sanidad universal. Si la “Fábrica Invisible” solo existe si se la alimenta, el ciudadano informado tiene la capacidad de cortar el oxígeno a la mentira. Cada uno es la fábrica, y el producto que genera es, o bien verdad, o bien ruido.
La única respuesta viable ante el Gran Ruido es un nuevo contrato social digital. Este contrato debe incluir la alfabetización digital crítica como una competencia básica en el sistema educativo, enseñando el Chequeo Vertical como una obligación cívica, fomentar el valor de la “Pausa” en la sociedad, desincentivando la inmediatez, y obligar a las autoridades y entidades legales a revisar los derechos de autor –véase la reciente sentencia contra Meta, condenada pagar 479 millones de euros a la prensa digital española– y las normativas de responsabilidad, adaptándolas a la escala de la producción de contenido asistida por IA, para que la Fábrica Invisible no opere fuera de la ley de los seres humanos. Solo así, educando a una generación de “detectives de la verdad”, podremos asegurar que la Realidad Extendida (XR) no se convierta en una ficción extendida y que el poder que tiene cada uno se ejerza con la sabiduría de la razón.
Confíe en los comunicadores y en los medios. De esto espero tener ocasión de reflexionar estos días con los alumnos del IES de Ponteceso, gracias a la iniciativa de la Asociación de Periodistas de Galicia, y en Panamá, de la mano de la Asociación de Editores de Europa, Iberoamérica y Caribe (EDITORED). El mundo local y el universal se dan la mano. Esa es mi verdad y pueden cuestionarla.
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- Davila 05/12/2025
