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Opinión | Lo que hay que oír

Ancianas pero que muy alegres

La RAE va ayudando a que perdamos más batallas los que un día nos ganamos la vida como profesores. Enseñábamos que cuando un sustantivo femenino comenzara por «á» tónica (ala, alga, ansia, arte, aula, ave... también habla, hacha, hada, hampa...) se cambiaba a masculino su determinante si este era «el, un, algún, ningún» (que rimaban, para mayor facilidad al recordarlos) y así evitar cacofonías: no la águila, sino el águila; no la haba: el haba. Todo muy bien iba en la nave comunicativa. Pero la RAE, que ya come de todo, dio en relajar la norma –ay, sufridos profesores– y admitió las posibilidades masculina y femenina para «un, algún y ningún»: valen un acta o una acta; algún acta o alguna acta; ningún hambre o ninguna hambre...

Pero atentos los de los pueblos –que dicen los autobuseros de Castilla–: esa regla no se aplica si se intercala otro palabra entre el artículo y el nombre: la atroz hambre y no el atroz hambre; la misma arma y no el mismo arma… Por lo tanto, muy requetemal, muy deficiente, muy no progresa gramaticalmente adecuadamente el titular «Adjudicadas las obras de la escuelina de Quintes, la tercera de Villaviciosa: así será el futuro aula». Lo correcto –al menos cuando esto escribo– es «la futura aula».

Tampoco se van al masculino −dice hoy la regla RAE− «otro, todo, mucho, poco, demasiado…» ni los demostrativos: esta ave, toda área, mucha agua, poca agua, otra habla... Por lo tanto, muy requetemal, muy deficiente, muy no progresa gramaticalmente adecuadamente el entrenador del Sporting: «Lo importante es recuperar ese alma y corazón». Lo correcto de momento es «esa» alma.

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Pero qué será de nosotros cuando hasta un admirable, en general, David Trueba escribe que conoció a una mujer «anciana, pero alegre». Fíjense en el matiz del inconsciente juguetón truebiano. La conjunción adversativa «pero» se usa para contraponer a un concepto otro diverso o ampliativo. De modo que las ancianas son, para Trueba, tristes por definición; y si fuese alguna alegre, hay que rebajarle los humos con una adversativa. Anciana alegre, y listo.

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Titular de cierto diario: «El Marino cede ante la volatilidad del Compos». Un servidor no cree que la S.D. Compostela vuele o pueda volar, que sería una de las acepciones de «volátil» y un espectáculo digno de verse, todos de celeste recortándose en el azul celeste. Más bien, creo, que el periodista quiso decir la inconstancia, la indecisión del Compos, el decaimiento del equipo gallego. Pues que lo hubiera dicho, caramba. Porque no me imagino al aficionado futbolero cabal comentando con el vecino de asiento: «Veo a nuestro medio campo muy volatilizado. El desvolatizador que lo desvolatilice buen desvolatizador será».

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Un gran periodista y amigo me cuenta una anécdota que me parece divertidísima –es de la poca gente que no aprovecha el verte por la calle para solmenarte ascor puro y detallado sobre el funcionamiento de su uretra o el estrangulamiento de su hernia o el vómito sanguinolento que le sobrevino anoche, qué peste de personal, caray– que refleja el precipicio absurdo en que el lenguaje empingorotado y engolado suele precipitarse hacia el ridículo y el alipori. Escuchaba mi compadre por la radio, sin prestarle demasiada atención, la narración de un campeonato de fútbol de juveniles. Pues bien, inflándose todo, el comentarista técnico se invistió de profeta del balompié y viendo las correrías de un jugador que despuntaba, expelió: «Este chico está llamado a tener una ascendencia protagonizante superior en el equipo». Yo prefería a Di Stéfano, gran resumidor desapasionado: «Está parejo. El que cobre un gol, se pone delante».

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Los ancianos son silenciosos y tajantes. Saben bien el dicho: silenciosos o tajantes: «Lo importante no es tu poder real, sino el que tus enemigos creen que tienes».

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