Opinión
Jesús A. Núñez Villaverde
Ucrania aún se resiste a la capitulación
Zelenski se encuentra en una indeseable posición de dependencia, y su margen de maniobra viene determinado por el grado de apoyo que sus aliados estén dispuestos a prestarle
Por encima de los vaivenes que está desatando el plan ruso-estadounidense de los 28 puntos sobrevuela, inevitablemente, la sombra de la capitulación de Ucrania. Eso es, con escasos matices diferenciales, lo que pretenden tanto Vladímir Putin como Donald Trump.
El primero la busca como remate a una «operación especial militar» que se ha convertido en un rotundo fracaso militar; pero que aun así, contando con su notable superioridad de fuerzas para reiterar esfuerzos y la falta de voluntad de los aliados de Kiev para ir más allá de ayudarle a resistir la embestida, entiende que le basta para sacar tajada de una Ucrania que no puede dar mucho más de sí. El segundo, sin perder de vista su afán por ser reconocido como el pacificador universal merecedor del Nobel de la Paz, pretende cubrir simultáneamente tres objetivos: contentar a su base electoral (aislacionista), cortejar a Rusia para desconectarla de la órbita china y liberar capacidades en Europa para poder aumentar la apuesta contra Pekín, convertido ya en su principal rival estratégico por la hegemonía mundial.
Eso explica la confluencia que ha llevado a plantear un plan que, en esencia, refleja los intereses principales de Moscú; es decir, hacerse definitivamente con al menos el 20% del territorio ucraniano y forzar a Kiev a reducir sustancialmente el potencial de sus fuerzas armadas y a que renuncie a formar parte de la OTAN. Tres exigencias que se han recogido en todos los intentos que ha habido hasta ahora de lograr una paz/capitulación que sigue estando lejos, en la medida en que, como señaló el propio Volodímir Zelenski en su discurso del Día de la Dignidad y la Libertad, algo así supondría una indignidad para una sociedad que ha demostrado sobradamente su voluntad para sacrificarse en defensa de su soberanía nacional.
En todo caso, Ucrania no cuenta con medios suficientes para dar la vuelta a una situación que la coloca como víctima propiciatoria de los intereses de otros. Militarmente, y aunque sus crecientes ataques con drones y misiles contra territorio ruso puedan dar la sensación contraria, no está en condiciones de revertir la ventaja rusa en el campo de batalla. De hecho, son las tropas rusas las que avanzan, aunque sea lentamente y con un alto coste en personal y material, sin que se vislumbre en el horizonte la posibilidad de una inminente ofensiva ucraniana a gran escala. Económicamente, tampoco está en condiciones de atender por sí misma a las necesidades de su propia población y a las demandas de unas fuerzas armadas estresadas para atender un frente de más de mil kilómetros. Eso coloca a Zelenski y los suyos en una indeseable posición de dependencia, conscientes de que su margen de maniobra viene determinado por el grado de apoyo que sus aliados estén dispuestos a prestarles.
Por eso, obligada a depender de la voluntad de otros, sus opciones se reducen a inmolarse numantinamente o aceptar los términos de lo que decidan Moscú y Washington, con los apuntes secundarios que pueda introducir Bruselas. Nada indica que los dos primeros vayan a modificar sustancialmente su propuesta. No lo va a hacer Putin, capaz de manejar sin grandes problemas las presiones estadounidenses sin ceder a ninguna de sus exigencias, mientras sus tropas avanzan y su economía resiste (aunque sea a duras penas). Tampoco lo va a hacer Trump, que muestra más simpatías por su homólogo ruso que por el presidente ucraniano, al que la suerte de Ucrania no parece que le quite el sueño ni pone en peligro ningún interés vital de Estados Unidos. Y los aliados europeos, ausentes una vez más de la negociación del citado plan y apenas señalados como los principales pagadores del coste que tendrá la potencial reconstrucción del país, no parecen capaces de cambiar el guion hasta sus últimas consecuencias, sustituyendo militar, económica y políticamente a Washington hasta el punto de que Kiev pueda seguir soñando con la recuperación de su integridad territorial.
En definitiva, es difícil que la propuesta ruso-estadounidense salga adelante en los términos en los que se ha dado a conocer. Pero, con todos los retoques que aún puedan producirse, solo queda por saber cuánto tiempo tardará Zelenski en aceptarlo.
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