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Opinión

Elena Neira

De «nada en la tele» a «la nada»

«All’s Fair» (‘Todas las de la ley’), un drama con tintes de culebrón creado por Ryan Murphy, se ha convertido en objeto de mofa tras su estreno en Disney+. La serie cuenta la historia de un equipo de abogadas especializadas en divorcios que abandona su bufete, dirigido por hombres, para abrir su propia firma. No, no es otra serie con letradas locuaces y brillantes al frente. Quiere ser un drama jurídico con un punto de sátira, pero los tres primeros capítulos constatan que es un despropósito narrativo. Todo en ella parece una broma. Y lo peor es que no lo es. Hay actrices de primer nivel dando vida a personajes planos, diálogos desprovistos de naturalidad, una trama tan endeble que no resulta creíble y una puesta en escena tan exagerada que roza lo absurdo.

Críticas al margen, la serie resulta interesante porque ilustra la crisis estructural que vive actualmente la producción y el consumo de ficción. Durante décadas la televisión trabajó con un modelo de escasez relativa derivada de su propia organización. Solo había unos cuantos canales y el espacio para la programación estaba limitado. Esto generó una cultura que aspiraba a un umbral mínimo de calidad. Incluso las producciones para un público generalista buscaban la coherencia narrativa, casi siempre replicando lo que ya había funcionado en el pasado. Tal vez por eso parecía que siempre emitían lo mismo.

Con la llegada de la televisión por cable floreció una nueva cultura del prestigio, que apostó por la complejidad narrativa. El pago de una tarifa permitió separar al espectador de un nivel sociocultural más elevado del espectador medio, lo que permitió sofisticar los universos narrativos y desafiar a la audiencia. El reto estaba, precisamente, en saber interpretar lo que uno acababa de ver. Valga el final de Los Soprano con la controvertida escena dentro del diner como ejemplo de esto último.

Luego llegaron las plataformas de ‘streaming’ y, con ellas, la saturación. Pasamos entonces a la era del «no hay nada en la tele», una manifestación directa de la frustración que los espectadores comenzamos a experimentar ante la sobreabundancia y la incapacidad de decidir que ver.

Es imposible no ver en «All’s Fair» la señal de una nueva etapa, del «no hay nada en la tele» a «la nada en televisión». A este grupo de mujeres compitiendo por «a ver quién la dice más gorda» vestidas con trajes de alta costura le falta lo más importante: algo que contar. La serie no se molesta en construir un relato coherente o personajes verosímiles, como si el hecho de que las cosas significasen algo se hubiera vuelto algo opcional. También le falta intención autoral (y eso que tiene a Ryan Murphy detrás) y le sobran clichés, que parecen más pensados para generar ruido mediático y toneladas de memes que en impulsar una conversación profunda sobre lo que se está contando.

Kim Kardashian es el mejor ejemplo. La celebrity/actriz no aporta nada salvo un reconocimiento instantáneo por parte de la audiencia. Sumémosle una coyuntura propicia (ha estudiado derecho y acaba de suspender el examen de colegiatura) y el resultado es una bomba de ruido mediático.

Es difícil saber si la serie es un ejercicio deliberado de provocación o un proyecto que, sencillamente, ha descarrilado en su desarrollo. De momento las malas críticas han construido una nueva narrativa que parece estarle funcionando. Kim Kardashian ha llegado a burlarse de ellas, publicando en Instagram una imagen que mostraba su puntuación del 0% en Rotten Tomatoes. Lo hace porque sabe que poco importan las críticas: el público ha ido de cabeza a verla. La serie logró 3,2 millones de visualizaciones en sus tres primeros días en la plataforma. Es, de hecho, el mejor estreno de Hulu en tres años.

Si antes la ficción competía por hacerse un lugar en la memoria del espectador, hoy parece suficiente con ocupar su atención durante unos minutos y dejarlo listo para el siguiente título. «All´s Fair» no está diseñada para ser analizada ni recordada, sino para ser consumida rápido, sometida a escarnio público y olvidada .

Tal vez la pregunta no sea qué estamos viendo, sino por qué seguimos mirando.

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