Opinión | Sección
firmaGemma Martínez
Fracaso de la diplomacia climática
El clima y la diplomacia empiezan a hacer vidas separadas. Tras dos semanas de negociaciones, la cumbre de Brasil terminó con un acuerdo mínimo. No se nombró a los responsables de la crisis climática en la declaración final ni se habló de cómo reducir la huella de los combustibles fósiles, como muy bien explicó nuestra enviada especial, Valentina Raffio. Mientras la temperatura sube y las emisiones se disparan, el multilateralismo, que estaba llamado a ser el motor del cambio global, se arrastra y produce resultados mediocres e irrelevantes.
El consenso, concebido para unir, da poder de veto a los petroestados y es garantía de acuerdos tibios. Las potencias se enredan en matices semánticos o lanzan dardos cruzados. Todo ello empodera a los negacionistas y a los lobis fósiles. Además, cada pacto voluntario que no obliga a rendir cuentas fatiga a la ciudadanía que sí entiende la magnitud del reto climático y frena su movilización para exigir transformaciones reales.
¿Dejar de celebrar las cumbres, aunque hoy sean más un ritual que un foro de cambio real? Probablemente, no. Son el único foro en el que están presentes todos los países, obligados, al menos, a comparecer. Su desaparición sería un triunfo para quienes quieren retrasar la transición energética. Pero continuar como hasta ahora, sin que los encuentros se traduzcan en planes concretos para recortar las emisiones ni en penalizaciones por incumplimiento, es un acto de complicidad.
La reforma es urgente y cabe permitir coaliciones de países que avancen sin esperar al consenso universal; limitar vetos; auditar compromisos de forma independiente y ambiciosa; dar voz a actores que avanzan más rápido que los Estados, como las ciudades y los agentes económicos. Además, estas acciones deben extenderse más allá de un encuentro anual y contar con seguimientos continuos.
Permanecer inmóviles y perpetuar la ineficiencia de las cumbres del clima es un crimen que el planeta no nos perdonará.
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