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Opinión

Cuando sobran las razones

Este último verano tuve la casa repleta de gente. Siempre hay detalles que no aprecias bien cuando suceden, como si necesitaras que llegase la soledad del invierno para echar de menos ese momento en el que estabas tan bien rodeada.

Es ahora cuando recuerdo una conversación en la terraza con una amiga de Ana que vino a pasar unos días y a dejarnos la casa llena de elegancia. Hablábamos de las red flags y las green flags de los chicos que les gustaban y de los que no. Puntos a favor y en contra, en definitiva. Nos habló de un chico que, por su descripción, lo tenía todo. Estaba loco por ella, la colmaba de mimo y atención, deportista, culto, centrado y aceptablemente guapo. Sin embargo, para ella, él era un no. Trató de justificarse diciendo que jugaba terriblemente mal al fútbol y presumía de ser buenísimo, que a veces se atolondraba en el trabajo con tareas bastante sencillas, que cuando salían a caminar por la montaña era ella quien tenía que darle la mano para subir por las rocas y que en una ocasión habían dado un paseo en barca y había sentido vergüenza ajena por lo mal que remaba.

La escuché con cierto escepticismo porque ninguno de esos supuestos defectos me parecía demasiado importante, al menos no lo suficiente como para descartar a alguien de tu vida amorosa. Le dije que quizás estaba siendo demasiado exigente y que sus banderas rojas tal vez le impedían ver alguna bandera verde que ondeaba con bastante fuerza y peso.

Me equivoqué. Un par de días más tarde, mientras seguía con nosotros en casa, la llamó otro chico para invitarla a pasar una tarde de playa. El chico en cuestión estaba repletito de red flags muy obvias, al menos para los ojos de una madre. Ningún oficio y poco beneficio, de los que manejan varias relaciones simultáneas, mucha palabrería cameladora, de los que te prestan toda su atención un día y las veinte semanas siguientes desaparecen, en fin, un prenda de toda la vida. Guapo, eso sí, muy guapo.

La tarde en la playa se les debió de hacer noche porque no la vimos hasta el desayuno de la mañana siguiente. Lucía resplandeciente, con los ojos brillantes, con esa resaca emocional que te impide verbalizar lo que sentiste, lo que todavía sientes, porque tu mente y tu cuerpo aún siguen en aquel lugar. Cuando empezó a hablar me di cuenta de que el amor nace de nada, simplemente sientes que has encontrado una vida real y que todo lo de antes era una farsa. Y desde ese sitio exacto en el que te has quedado con la mente anclada, con los pies cimentados y el corazón al rojo vivo, todo lo que sea el otro, te va bien. La entonación de cada palabra, el sol que le daba de lado, su manera de conducir con desdén, su camisa blanca. Con cada minúsculo detalle serás capaz de construir un argumento, todas las brisas del mundo soplarán a su favor. Exactamente al contrario de lo que sucede cuando esa brisa no sopla, que todo lo que sea el otro, te irá mal.

«Marta, me dijo al acabar, alquilamos un kayak. ¡Rema de maravilla!»

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