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Opinión

El quinto alcalde

Pedro Hortas (d.), con Ignacio Bueno, exdirector de la factoría de Stellantis Vigo.

Pedro Hortas (d.), con Ignacio Bueno, exdirector de la factoría de Stellantis Vigo. / Ricardo Grobas

Cuando llegué al periódico, hace veintidós años, entendí rápidamente que Vigo tiene cuatro alcaldes (o alcaldesas). El primer edil, que gobierna la ciudad. El president@ del Puerto, con mando en todo lo que toca el mar pero también tierra adentro. El delegado o delegada de Zona Franca, el que más dinero maneja de todos. Y, no por último menos importante, el director (¿para cuándo una directora?) de la planta de Citroën. Son los cargos con más poder e influencia sobre el territorio (con permiso de Diputación, Xunta y Gobierno), y no sorprendo a nadie si digo que una mala relación entre ellos conduce al caos. Hubo alcaldes que cayeron por Stellantis, titulares portuarios que dieron el salto a Praza do Rei y viceversa, delegados de Zona Franca que han ejercido casi como concejales de Urbanismo y directores de fábrica que mandaban más que la suma de los otros tres.

Una de esas figuras, que han quedado para la historia, es la de Javier Riera, el director de la factoría de O Fragoso que más años estuvo en el cargo y bajo cuya batuta la industria gallega del motor dio el salto de cantidad (suyo sigue siendo el récord histórico de producción de 2006) pero sobre todo calidad (impulsó que Vigo accediese a la condición de planta piloto, el clúster que hoy es Ceaga y el brazo tecnológico del CTAG) que nos permite sostener la primera fábrica de coches de España, de Stellantis y de las mayores de Europa y del mundo, que se dice pronto. Cada vez que Riera abría la boca, todo el mundo prestaba atención, no sólo porque pilotase una empresa que generaba más de veinte mil empleos directos, sino porque intentó —y consiguió— transformar Vigo en un polo industrial orgulloso de sus raíces.

Fue por aquel entonces que conocí a Pedro Hortas, quien durante casi los últimos 30 años ha ejercido como director de Comunicación de la fábrica. Cada uno en su lado del ring, con visiones a veces antagónicas, defendiendo nuestros intereses (él, los de Citroën y el sector; servidor, el derecho de los lectores a estar informados), pero siempre con buen talante. Al principio con muchas llamadas de protesta, alguna carta al director quejándose de mis informaciones… pero conforme fueron pasando los años, el entendimiento germinó hasta el punto de convertirnos en buenos amigos. Por eso, pese a que ya llevaba un tiempo avisando de que se iba, después de media vida profesional juntos, que deje las riendas de Stellantis —aunque queden en las buenas manos de Pilar Iglesias— me apena profundamente.

«Con los condicionantes que cada uno hemos tenido, con diferencias que siempre hemos sabido debatir cuando surgieron, pero sobre todo con una visión responsable, hemos trazado caminos y construido relatos de gran trascendencia para nuestra aldea. Y, en este transcurso, considero que hemos forjado una gran amistad, que agradezco especialmente», me escribió en su despedida.

Quizá por eso siempre he pensado que, detrás de cada uno de esos cuatro alcaldes que condicionan el pulso de Vigo, hay otra figura menos visible pero igual de determinante: quien les ayuda a traducir su visión, sus silencios y hasta sus tropiezos en un relato comprensible. Y ahí, en ese espacio en el que tantas veces se decide la paz o la tormenta, Pedro ha sido, durante casi treinta años, algo así como un quinto alcalde: discreto, dialogante, firme en la defensa del sector, pero también con una sorprendente capacidad para entender que la prensa tiene su misión y que informar no es un capricho, sino un servicio público. Lo echaré de menos.

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