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Opinión | El correo americano

Guerra civil en MAGA (III)

Lucha por liderar el movimiento America First

No era fácil predecir que una de las posibles discusiones políticas de la cena de Acción de Gracias de este 2025 en Estados Unidos, que tendrá lugar la próxima semana, no iba a ser entre demócratas y republicanos, gente de izquierdas y de derechas, progresistas y conservadores, los woke y los antiwoke, sino entre distintos trumpistas que luchan por liderar el movimiento de America First. Ya no se trata del tío o del cuñado que, una vez terminada la tercera copa, justifica la retórica del presidente y deja entrever cierto tono xenófobo cuando habla de inmigración, sino del primo adolescente abiertamente antisemita que se lamenta del poder que ostentan ciertas minorías (judíos, mayormente), incluso en esta Administración, y que acusa a sus mayores, conservadores tibios y ahora traidores a la causa, de claudicar ante el estado profundo y venderse a intereses extranjeros.

Aunque, claro, quién nos iba a decir también que el líder del supremacismo blanco en América, la persona que haría temblar los cimientos de MAGA, iba a ser un chico que se apellida Fuentes, de orígenes hispanos, cuyo primer encuentro personal con Donald Trump en Mar-a-Lago se produciría gracias a la invitación de un famoso rapero afroamericano. Es una historia difícil de explicar a un extraterrestre interesado en nuestras costumbres. Pero si algo ha introducido la derecha posmoderna en el circo político-mediático, es que ya no es necesario ser blanco para defender la instauración de un estado ario, ni cristiano para justificar tendencias teocráticas. Como también se puede ser negro y minusvalorar los efectos de la esclavitud. O mexicano y ponerse al frente de la persecución de los latinos en la frontera. O judío y sumarse a las conspiraciones que señalan al pueblo hebreo como los villanos del mundo. Es más, estas disidencias son recibidas con entusiasmo por la mayoría beneficiada.

Conviene recordar con qué educación y deportividad escuchó Vivek Ramaswamy a Ann Coulter cuando esta última le decía que hombres como él, de tez marrón y origen indio, no deberían gobernar el país, de tradición blanca y anglosajona. Vivek, un tipo listo, siempre implacable con la izquierda identitaria, adalid de la meritocracia y el constitucionalismo, incluso le reconocía a Coulter «el valor» de decir en público lo que muchos piensan en privado. Valiente ella, por ser racista, e indignantes los que la critican, progresistas débiles, por no apreciar lo suficiente a su país y pedir perdón por los excesos cometidos, por despreciar los símbolos nacionales y no sentirse privilegiados residiendo en ese paraíso que Coulter no concibe en manos de personas que se parecen a Vivek.

Lo que está pasando en MAGA no va de ideas, sino de emociones e identidades, de dinero y de poder. Del mismo modo que Trump no hace política ni ideología sino espectáculo y televisión (que, por supuesto, tiene unas trágicas repercusiones políticas e ideológicas). Por eso Nick Fuentes es tan influyente (de quien todo el mundo habla, incluso el Times). Es una mezcla de frivolidad, desconocimiento (o conocimiento a medias) y ansia de obtener la fama a toda costa. ¿Por qué los jóvenes (los groypers) lo siguen? ¿Por qué tiene tanto tirón en el ámbito conservador? Porque funciona muy bien como producto de entretenimiento. Lo ven de la misma forma que ven los vídeos cortos de TikTok; es menos laborioso que consultar el dato de turno. «Muy carismático y gran comunicador», así lo definen sus admiradores. Y, después de haberse visibilizado en múltiples plataformas (y de haberse elevado a personaje central de la historia), ya es inevitable.

Los que pensaban que Charlie Kirk (a quien, por cierto, Fuentes detestaba y se propuso destruir) era un monstruo, ahora lo echan de menos. «Demuéstrame que estoy equivocado», ese era el lema del activista asesinado. Pero los groypers no quieren ser persuadidos: solo van a provocar. La pelea por la pela. La controversia por la controversia. Es negar el Holocausto no porque uno crea que el Holocausto nunca se produjo, sino porque negar el Holocausto genera más visionados. Para cierta gente, es un gesto transgresor, cool. Una forma de desafiar lo políticamente correcto. Esto puede ser una fase infantil preocupante, pero superable. El problema es cuando algunos adultos lo tratan como a un interlocutor válido y coherente por las mismas razones que existe el fenómeno ante el cual parecen mostrarse fingidamente fascinados: incrementar el índice de audiencia, obtener (o conservar) la relevancia y aumentar los ingresos. Aunque para ello haya que reducir el nivel de la conversación hasta unos límites insólitos. Fuentes es importante porque vende. Con independencia de lo que venda. Como en su día lo fue Trump en los orígenes de su campaña. Es el intelectual creado por los medios (alternativos y mainstream). Un chico espabilado con mucha labia que bromea con el fascismo (y con ser fascista). Puede que ni él mismo se crea lo que dice. Ya vendrán otros con un plan.

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