Opinión
El soplón de Papá Noel

Uno de los pequeños ayudantes de Santa Claus, vigilando a los niños / FdV
Nos hemos venido arriba en casa este año con la Navidad. Por costumbre (o pura vagancia), solíamos esperar al puente de diciembre para montar el árbol y colgar los adornos, pero claro: los niños ven que en los comercios, en la televisión y en Vigo ya es Navidad, y no quieren ser menos. Así que el pasado sábado, mientras Abel Caballero entonaba la cuenta atrás para el encendido más famoso del planeta, nos pusimos manos a la obra con el abeto de plástico y toda la parafernalia que conlleva. Como llovía, ni tan mal plan. Esa misma noche hizo las maletas para convivir con nosotros durante unas semanas una personilla muy especial: Nico.
¿Que quién es Nico? Pues el responsable de que los niños se comporten durante una larga temporada. En realidad, es un chivato, pero no uno cualquiera: es el soplón de Papá Noel. O uno de ellos. Un elfo —el nuestro se llama Nico, así lo bautizó la mayor la mañana en que apareció por primera vez hace ya varios años— cuya misión es contarle al señor Claus si los niños se portan bien, mal o regulinchi. Observa y apunta durante el día, y por la noche vuela al Polo Norte para reportar directamente a Red One. En sus manos está la cantidad y la calidad de los regalos que desembarcarán en casa la mañana de Navidad.

Pedro Fernández
Lo cierto es que disfrutamos viendo cómo cada mañana, casi antes de desperezarse, los críos entran en modo busca y captura para localizar el nuevo escondite de Nico, que —todo hay que decirlo— es un granuja de cuidado. Un día apareció dentro de la bolsa de las chuches (¡madre mía cómo se puso!) y al siguiente agarrado a una botella de la ruta del lúpulo, y no a una cualquiera, sino a una de las de Hijos de Rivera que tengo reservadas para las ocasiones especiales. ¡No sabe nada, Nico! Y claro: no puedes tocarlo, porque si lo haces se acaba la magia y Papá Noel pasará de ti estas Navidades, como suele ocurrir con el Gordo de la Lotería.
Un gran poder
Así que Nico tiene un gran poder que conviene respetar… aunque sea un acusica. A veces me imagino qué pasaría si esta tradición infantil que tanto nos ayuda a los padres (igual es casualidad, pero Nico suele aparecer justo en las estancias donde el conflicto fraternal es más frecuente) se convirtiera de repente en realidad y cada uno —adultos incluidos— tuviéramos nuestro propio Nico vigilándonos todo el día. Un Pepito Grillo del siglo XXI, tomando notas como un taquígrafo de tribunal: «No has puesto el intermitente», «Has dicho que ibas a sacar la basura y no lo hiciste», «No has bajado la tapa del váter»...
Menos mal que ese Nico imaginario no existe, porque más de uno estaría en la lista del carbón antes de acabar el desayuno. Yo el primero.
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