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Opinión

El nieto

Me despidió imitando a la lluvia que nos empapaba.

La puerta del aeropuerto de Peinador giraba y él lo hacía con ella; una y otra vez para que no llegara el momento del adiós. Así estuvo en la noria hasta que le vino el mareo. Esta vez sí: ·«Adiós, abuela».

Mi nieto es un niño bueno y cálido; solo tiene un defecto, que no es singular ni especial, como decimos las abuelas de los nuestros, pues es como los demás niños y niñas de la Alameda, del extrarradio, de la migración, de la supervivencia. Podría ser él el que deambula entre los cascotes del bombardeo, el que fue separado de sus padres para ser internado en un centro de personas en situación irregular; también podría ser él sentado frente a una fogata engañando el frío y el miedo a los drones; igual podría ser él el pequeño buscador entre montañas de basura. Sí, mi nieto también podría haber sido uno de ellos.

Niñas y niños iguales en necesidades y en derechos. Derecho a tener una familia que los ame, a jugar, a vivir en paz y con dignidad. Derecho a que no lesionen sus cuerpos ni sus sentimientos y a ser libres de abusos y de trata.

Derechos y más derechos, todos ellos consagrados en la Convención de los Derechos del Niño y de la Niña, el tratado internacional más ratificado y sin embargo de los más vulnerados del mundo. Expuesto, eso sí, con ostentoso marco, en el despacho del ministro del ramo para su honor y mayor honra personal.

Pero sucedió que, con el cese del ministro, el cuadro de los derechos desapareció y la pared que lo sujetaba se manchó de sangre. Nadie dio importancia al suceso ni nadie volvió a colocar el marco en su sitio. El ministro entrante ordenó cerrar aquel despacho y habilitar otro, de diseño y de paredes desnudas.

Y ahora, en el retroceso, sin ni siquiera poder contar con la Convención como estandarte, ¿quién podrá defender los derechos de los más vulnerables?

El avión llegó a su destino y el nieto está durmiendo en amoroso terciopelo; sueña con alcanzar la luna. Mañana se despertará cuando lo haga el sol.

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