Opinión
El Sáhara, la ONU y el gobierno
Hay hartazgo internacional con el conflicto del Sáhara Occidental entre Marruecos y el Frente Polisario, que lleva estancado medio siglo; y por eso, el Consejo de Seguridad acaba de aprobar con 11 votos a favor, 3 abstenciones (China, Rusia, Pakistán) y la ausencia de Argelia, la resolución 2797/2025 que afirma que el Plan de Autonomía propuesto por Marruecos en 2007 puede constituir la base para una negociación sin condiciones previas que logre una solución aceptable para todos.
Esta resolución coincide con el quincuagésimo aniversario de la Marcha Verde y está en la línea propugnada por Trump que, a cambio de que Marruecos reconociera a Israel (Acuerdos Abraham), afirmó que la autonomía era la vía más «seria, realista y creíble» para acabar con el problema. Constituye así un nuevo revés para los polisarios y un éxito diplomático para Marruecos, celebrado por el rey Mohamed VI como «un nuevo y victorioso capítulo», mientras llamaba a los «hermanos» saharauis «a aceptar esta oportunidad histórica sin vencedores ni vencidos». Y eso a pesar de que el texto finalmente aprobado hubiera rebajado el lenguaje inicial de Washington que consideraba la autonomía como «la única base» para convertirla en «la solución más factible». No es lo mismo. También Hassan II interpretó interesadamente que la Corte Internacional de Justicia había reconocido su soberanía sobre el Sáhara allá por 1975, cuando en realidad solo aceptó que había entre Marruecos y el Sáhara Occidental vínculos jurídicos y de vasallaje, mientras dejaba claro que no había «ningún vínculo de soberanía» que afectara al principio de libre determinación de sus habitantes.
Pero tampoco cabe desconocer la realidad que es testaruda y, como en cierta ocasión me dijo Ahmed Osman, cuñado del rey Hassan, Marruecos «ha recuperado el Sáhara con su sangre» y no hay posibilidad alguna de marcha atrás. Rabat no aceptará nunca un referéndum de autodeterminación y, por eso, la ONU, realista, ya no lo exigía y se limitaba a pedir «un acuerdo entre las partes» que todavía será necesario cuando la propuesta de autonomía, si progresa, sea sometida a la aprobación popular porque plantea el gran problema de quién podrá votar una vez que el censo español ha quedado obsoleto y el territorio ha recibido una enorme afluencia de marroquíes. Por lo demás, la propuesta ofrece a los saharauis una autonomía con un parlamento y un gobierno con competencias administrativas, judiciales y en el ámbito económico, pero reservando a Rabat la política exterior, la seguridad, la defensa, los asuntos religiosos, la bandera y la moneda. Cómo compaginar una autonomía real con un régimen autoritario será otro problema que el propio rey Mohamed parece reconocer cuando ha ofrecido «actualizar» su propuesta.
Entre la espada y la pared, el Frente Polisario, portavoz de los cien mil saharauis exiliados en Tinduf, hace un ejercicio de realismo al no oponerse a la autonomía y hace otro ejercicio de falta de realismo cuando exige que la propuesta se someta a referéndum junto con la independencia. Es la receta para que siga el bloqueo, que puede ser lo más probable.
España no puede desentenderse del Sáhara, que llegó a ser «provincia» española, los saharauis tenían nuestra misma nacionalidad y muchos aún hoy hablan en castellano. Además, seguimos siendo formalmente administradores del territorio y nos ocupamos desde Canarias de la gestión de su espacio aéreo. Si Pedro Sánchez se alineó con Donald Trump sin contar antes con su gobierno ni con las Cortes, sin buscar el deseable consenso en política exterior (especialmente en un asunto tan sensible) y por sí y ante sí declaró que la autonomía que ofrece Rabat es la base «más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto, cabría responderle que «serio» es también un referéndum o un acuerdo entre las partes y que, para ser «creíble», debería tener el acuerdo de los saharauis. Pero hay que reconocer que la autonomía es la base más «realista» porque en realpolitik no hay otra y, por eso, la apoya la comunidad internacional. Para ser coherente, el gobierno debería trabajar con Marruecos para que la autonomía sea verdadera, pues nos sobra experiencia, y con el Frente Polisario para que la acepte, en lugar de perder el tiempo tratando de imponer el catalán en Bruselas a costa de nuestros maltrechos bolsillos.
Me recuerda el refrán ruso según el cual no hay que intentar que un cerdo cante porque perderás el tiempo y fastidiarás al cerdo. Dicho sea con todo respeto.
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