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Opinión | EDITORIAL

La insoportable gestión de la A-55

Vehículos circulando por la autovía Vigo-Porriño (A-55)

Vehículos circulando por la autovía Vigo-Porriño (A-55) / RICARDO GROBAS

Cuando conducir equivale a jugarse la vida en la carretera es que algo está muy mal. Y cuando esa situación de amenaza, incluso de pánico, ocurre no en una carretera del interior del continente africano ni en los ásperos terrenos de la Patagonia, sino en la principal vía de acceso a una de las ciudades más grandes de España la situación se convierte sencillamente en insoportable. El tramo de la A-55 entre Porriño y Vigo es lo más parecido, en términos de infraestructuras viarias, a recorrer un campo minado. El peligro acecha detrás de cada curva. Salir indemne de ese viaje tiene mérito.

No estamos ante una percepción personal de un grupo de conductores acongojados por la obligación de dar volantazos a izquierda y derecha como si en lugar de transitar por una carretera de alta capacidad lo hiciesen por una pista de coches de choque de una feria. Estamos ante una vergüenza y un escándalo en forma de autovía cuyo diseño temerario —curvas cerradas, cambios de rasante, accesos inverosímiles…— data de los años 80 y cuya peligrosidad acredita cada año las estadísticas de accidentes de tráfico. Ese tramo es uno de los más arriesgados de España como certifican la concentración de siniestros (los de chapa y pintura son diarios, pero los mortales suman fallecidos cada año) y los permanentes colapsos. Los lectores de FARO saben bien que en nuestras páginas hemos reclamado de forma sistemática e incansable la necesidad imperiosa de poner freno a esta situación.

Hasta hace unos meses la única alternativa que se proponía desde el Gobierno, ya sea a través de los departamentos de infraestructuras o de tráfico, era acometer ligeros retoques cosméticos (el asfaltado y el repintado de la calzada son un clásico) o medidas sancionadoras. Así, ante la concentración de accidentes, algún cerebro de Tráfico pensó que lo mejor para atajarlo era, primero, bajar hasta extremos infumables la velocidad permitida (hasta 60km/h, es decir la velocidad de un ciclomotor); y, segundo, salpicar todo el tramo de radares para sancionar a aquellos que infringiesen los nuevos límites. Una forma burda de proyectar la responsabilidad sobre terceros. Si había un siniestro, estaba claro que era por un exceso de velocidad. El responsable es siempre el otro. Además, por el camino, Tráfico iba engordando su caja con decenas de multas que imponía cada día. Un negocio redondo.

«A la vista de que la A-55 actual no admite más remiendos ni chapuzas, solo un proyecto que imponga un nuevo trazado parece lo correcto»

Este ministerio de Transportes, porque los anteriores, también los del PP, han mirado descaradamente hacia otro lado, por fin ha decidido tomar cartas en el asunto con un proyecto de acceso a la ciudad, que está en fase de información pública y de estudio del impacto ambiental. El plan cifrado en 390 millones propone un nuevo trazado de diez kilómetros, con un túnel de doble tubo de más de cuatro. A la vista de que la A-55 actual no admite más remiendos ni chapuzas, solo un proyecto que imponga un nuevo trazado parece lo correcto. Su presentación ha logrado un amplísimo apoyo político en Vigo, de alcaldes del área metropolitana y también de los actores económicos, que no solo consideran que es una forma mucho más digna, lógica y eficiente de entrar y salir de la ciudad, sino que mejoraría la competitividad —al rebajar sustancialmente los costes de desplazamiento—, la seguridad y la imagen de Vigo.

El proyecto, es verdad, ha contado con el rechazo absoluto de algún ayuntamiento limítrofe, como el caso de Mos, que considera que la nueva vía perjudica gravemente a su territorio, y también de grupos de vecinos afectados por las expropiaciones de sus viviendas. Este sector crítico, que no es mayoritario pero sí ruidoso, plantea como alternativa la gratuidad de la AP-9 en el tramo Puxeiros-Vigo. Sin que esa medida pueda dejar de ser beneficiosa, lo cierto es que difícilmente resolvería el acceso a Vigo por la avenida de Madrid. Estaríamos más bien ante una alternativa complementaria y de un impacto limitado, que no solucionaría el problema de fondo, como han advertido, por ejemplo, las propias empresas de transporte pesado, que optan decididamente por la propuesta ministerial.

Es evidente que cualquier proyecto de las dimensiones de este tiene un impacto notable y puede ocasionar damnificados. De lo que se trata es de que las administraciones públicas los minimicen o los compensen de forma justa y generosa. Sin embargo, no es posible contentar a todos todo el tiempo. Un somero repaso a la hemeroteca de las últimas décadas nos permite constatar que las construcciones de puentes, hospitales, autovías, vías ferroviarias de alta velocidad, ampliaciones de parques industriales, extensiones de centros universitarios, grandes infraestructuras deportivas, mejoras aeroportuarias … en fin, todo un conjunto de obras que hoy consideramos esenciales y sin las que difícilmente podríamos vivir provocaron en su día movimientos de rechazo en grupos más o menos numerosos.

Las acciones de protesta no son nada nuevo, ni siquiera pueden entenderse como algo negativo. Al contrario, demuestran que la sociedad está viva en la defensa de sus intereses, que pueden ser muy locales o no. Además, la experiencia nos enseña que en no pocos casos esos movimientos reivindicativos, que pueden ir desde la oposición radical o a otros más mesurados, logran modificar proyectos, suavizarlos o el pago de indemnizaciones más ajustadas a la realidad a las personas o colectivos damnificados. Para eso están precisamente los procesos negociadores, las alegaciones administrativas y también los recursos judiciales.

Mientras tanto, la verdadera y lacerante realidad es que el tramo de la A-55 entre Porriño y Vigo es lo más parecido a una tortura (no digamos ya en condiciones de lluvia, niebla o de noche). Es una autovía indigna de ese nombre, una vergüenza que cada día sufren miles de conductores. Por eso, el ministerio debe pisar el acelerador y poner en marcha un proyecto vital para Vigo y para sus conductores. Y cuando decimos vital lo hacemos apelando a la literalidad de la palabra: porque en esa carretera cada día se ponen en juego muchas vidas.

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