Opinión | El correo americano
Guerra civil en MAGA (II)
La guerra en el trumpismo no ha cesado. Decíamos que el asunto de Israel, al igual que el caso de Jeffrey Epstein, está provocando un cisma en el movimiento. La controversia persiste. Tucker Carlson y Ben Shapiro, muy influyentes en la derecha estadounidense y ahora enemigos irreconciliables, aparecieron por separado en el programa de Megyn Kelly. Esta última, también conservadora, dice que desea la paz entre sus amigos. Que solucionen sus problemas conversando. El enemigo es la izquierda, insiste. Así es cómo “ellos” los quieren: peleados. Kelly entiende a todas las partes involucradas. Por eso le cuesta posicionarse. Aunque Shapiro le puso una objeción a la equidistante presentadora: si una persona de izquierdas estuviera diciendo las cosas que dice, por ejemplo, Candace Owens (una influencer, con quien Shapiro también está enfrentado, que se ha dedicado a propagar diversas teorías de la conspiración sobre el asesinato de Charlie Kirk), Kelly probablemente sí se posicionaría. Por lo tanto, no hacerlo con Owens (o con Carlson) denota falta de honestidad intelectual. (Esto no lo dijo Shapiro. Pero es básicamente lo que estaba sugiriendo en su cara).
Es difícil no estar de acuerdo con Shapiro. Carlson fue duro con Ted Cruz (¡hizo de periodista!), cuando lo dejó en evidencia preguntándole sobre Irán, país, cuyo régimen Cruz quiere transformar, sobre el cual, al parecer, el senador republicano sabe poco. Pero no fue tan implacable con el neonazi Nick Fuentes. ¿Por qué? Con Fuentes, Carlson prefirió escuchar, comprender el fenómeno. ¿Por qué tanta gente sigue al joven antisemita? Qué chico tan interesante. Tiene mucha influencia entre los jóvenes. Etc. Su cordialidad sorprendió a muchos. “Que hagan su propia entrevista”, contestó Carlson a sus detractores. Él piensa que no es productivo ponerse borde con el chico que detesta a los judíos. Alega que así no se consigue nada. Tampoco lo vio con Putin. De ahí que su conversación con el líder ruso estuviera más cerca del género propagandístico que del periodístico. ¿Qué se consigue entonces siendo tan amable con unos y tan estricto con otros? Porque ahí, no nos engañemos, también hay un planteamiento ideológico (y empresarial).
Carlson es un caso interesante en la prensa estadounidense. Trabajó en todas las cadenas del establishment periodístico (CNN, MSNBC, Fox News), pero ahora (¡sorpresa!) es un agente libre, el director de un pódcast, un pionero del “hágalo usted mismo”, un líder del movimiento populista. Se pasó gran parte de su carrera pregonando las ideas que ahora combate. Todo ha cambiado en Estados Unidos, salvo que él sigue siendo parte de la solución. Fue miembro de la élite de Washington DC (una especie del pantano que Trump prometió drenar), aliado de los neoconservadores, comentarista con pajarita… Ahora es tan anticorporativo que parece de izquierdas. Sin embargo, muchos conservadores lo siguen como a un mesías. Se equivocó en muchas cosas. Él mismo lo reconoce. Entonces, ¿por qué goza de tanta influencia y de tanto prestigio? Según asegura él mismo, porque es sincero. Ha confesado sus errores. ¿Y solo por eso sigue siendo un referente? La misma persona que aparecía en televisión todos los días diciendo que había que invadir Irak ahora dice que fue un idiota por haber promovido tal cosa. ¿Qué garantía tenemos entonces de que, en el futuro, no dirá lo mismo sobre su pensamiento actual?
La estrategia de Carlson es fácil de identificar y analizar. Como dice Dinesh D’Souza (a quien me duele citar como figura de autoridad, pero lo ha descrito con bastante elocuencia y precisión), el proceso es muy simple. Carlson invita a un tipo que difunde unas ideas rocambolescas (por ejemplo, los malos de la Segunda Guerra Mundial no son los que nos han dicho, etc.) con el que ya está de acuerdo de antemano. Cuando su invitado realiza una declaración impactante y controvertida, Carlson finge estar experimentando una revelación. Y se muestra estupefacto, como si le estuvieran proporcionando esa información por primera vez en su vida. Es puro teatro.
Él presenta su filosofía de la siguiente manera: “Yo solo hago preguntas”. Pero no cuela. Porque no hace preguntas a todos y no las hace con el mismo tono. Esta es una forma como otra cualquiera de editorializar. No es inocente. Y venderlo como un gesto inocente es un acto de cinismo. Tampoco se trata solo de Israel. Carlson, en realidad, no habla tanto del conflicto, sino, más bien, de sus sucios alrededores. Hace poco parecía ponerle pegas a un pastor cristiano que estuvo involucrado en un complot para matar a Hitler. El problema no era Hitler, sino el pastor, que no fue buen cristiano. Uno empieza llamando nazi a otra persona y acaba teniendo una justificación para matarla (supongo que pensando en los epítetos que le cuelgan a él). Por supuesto, Carlson no elogia a Hitler. Pero los objetivos de sus críticas son un tanto extraños.
Shapiro, defensor acérrimo de Israel y judío practicante, tampoco es que no haya caído en contradicciones. Él se lamenta ahora del monstruo que entre todos han creado. Los que antes se quejaban de las protestas de los negros ahora se burlan del victimismo de los judíos. Aquí está la derecha desacomplejada que algunos deseaban. La del America First. La del nativismo blando. La del aislacionismo adolescente e irresponsable. La de las políticas (selectivas) de identidad. Shapiro, independientemente de si uno está de acuerdo o no con sus ideas, parece más serio que Carlson e intelectualmente más estable. Pero sus viejos aliados, los que están dispuestos a arrojarlo a los pies de los caballos, son los mismos, no han cambiado. Es el problema de América solo para los americanos. Al final alguien tiene que definir qué es América y no todos caben en esa definición. En la derecha hay gente lamentándose del racismo que se ha expandido por sus trincheras. Cuánto fascista suelto, dicen. Hasta ahora (cuando han surgido discrepancias sobre la relación que ha de mantener Estados Unidos con Israel) no habían visto ninguno. Era un producto de la imaginación de la izquierda. Una estrategia para desacreditar al trumpismo. Es un misterio. Porque son muchos y muy ruidosos. Y parecen tener una influencia preocupante. ¿Dónde se habían metido?
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