Opinión
¿De qué escribes?
Hace poco asistí a un acto de entrega de premios en el que se reconocía la extraordinaria valía de algunos colegas que son también buenos amigos. Mientras esperábamos el inicio de la ceremonia, alguien me dijo que seguía con mucho interés mis artículos en prensa, y me felicitó por ellos. Nunca sabe uno si en estos casos se dice la verdad o es una forma amable de decir algo durante la espera. En todo caso, agradecí sus palabras. Otro de los asistentes, atento a la conversación, me preguntó de qué escribía. Le di una respuesta un poco vaga, y aunque de momento al menos soy consciente de lo que escribo y por qué lo hago, yo mismo me quedé con la curiosidad de saber cuáles son las palabras más presentes en mis artículos.
Con un poco de esfuerzo, aunque no mucho, ya que me ayudé de la IA de la que hablo a menudo, hice un análisis de las palabras más frecuentes en buena parte de los textos que he publicado en los medios de comunicación en los últimos años. En la nube de palabras (únicas, o unigramas), de la figura que acompaña este artículo pueden ver el resultado. No creo que nada les sorprenda.
Hay quienes creen que nos definimos en aquello que escribimos. Es cierto, pero solo a medias. También nos retrata aquello de lo que no hablamos. Las palabras que elegimos y las que omitimos componen, juntas, el mapa de lo que somos. Es cierto que yo suelo aplicarme el refrán de zapatero a tus zapatos, de modo que lo normal es que escriba sobre cosas relacionadas con mi trabajo y no sobre lo que más me importa, que es mi familia, la amistad, la gente, la salud, la equidad, la justicia, la paz, la política... De todos modos, no puedo ni quiero evitar escribir también de esas cosas. De hecho, lo hago cada vez con más frecuencia, abandonando temporalmente mis zapatos académicos y poniéndome las botas de campo.
La forma en la que nos referimos al mundo nos dice quienes somos. El lenguaje no es un espejo de la realidad, sino su misma arquitectura. En mi caso los cimientos de mi discurso son la opinión, incluso antes que la divulgación. En todos mis artículos trato de explicar y fundamentar lo que pienso, pero no en todos hago además un esfuerzo para divulgar temas científicos o relacionados con las tecnologías, en particular la inteligencia artificial, que es el objeto principal de mi enseñanza e investigación.
Con el lector trato de mantener una relación estimulante, más que sedante. No quiero simplemente informarlo de algo, sino que trato sobre todo de hacerle pensar y a veces de agitarlo. No busco tener la razón, pero sí hurgar en ella. Si el resultado es positivo para el lector, esto solo ella o él podrán juzgarlo, pero yo ya no parto de la casilla de salida cuando un nuevo artículo sale en la prensa, ya que va precedido siempre de una intención y de una reflexión que resultará más o menos atinada, pero que ha sido antes madurada en mis adentros. Escribir me hace pensar y sentir.
Las palabras nos definen más que los documentos de identidad porque cambian con nosotros, envejecen, se renuevan o se desgastan a lo largo de nuestra vida. A menudo me parece que son las palabras las que me eligen a mí y no yo ellas, al menos no conscientemente. Afloran en cualquier momento, y a veces en situaciones inesperadas. Es como si hubiese una lucha interna en mi cerebro de la que unas u otras salen ganadoras y se me aparecen para que las avive. A veces lo hago y otras no. Paul Valéry dijo que la mejor manera de conocerse es observar las palabras que nos persiguen, pero en mi caso son demasiadas como para poder hacerme con ellas un autorretrato con sentido. Si las atendiese a todas me pasaría la vida escribiendo y además de que tengo muchas otras cosas que hacer, acabaría no sabiendo de qué escribir o queriendo escribir de todo, lo que es aún peor.
Mi madre se murió sin palabras por un alzhéimer que se las robó casi todas. Por eso valoro tanto disponer de ellas y disponerlas con razón y sentido de utilidad. Quizás por eso también me aterra quedarme algún día sin palabras. No busco el brillo con lo que digo ni con lo que escribo, pero sí la luz, y quedarme sin palabras sería la peor forma de oscuridad.
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