Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Torto

Torto ha muerto. Torto era amigo de mi primo mayor (cinco años más que yo). Hablo de los tiempos de mi primera infancia, anteriores a los seis años. No le conocía personalmente; solo sabía que era muy hábil con los trabajos manuales, algunos de los cuales me hacía llegar a través de ese primo. Torto era su amigo, y mío lo era, por tanto, de «segundo grado». El obsequio que recuerdo con mayor nitidez es una pequeña espada, minucioso trabajo hecho con alambre, que luego yo trataba de adaptar a mis figuras de guerreros y soldados. Su nombre –Torto – me sonaba extraño y misterioso, como él mismo; yo no tenía de él noticia suya sino a través de mi primo y siempre con ocasión de recibir alguna de sus manufacturas. Abrigaba la débil esperanza de conocerle un día y ponerle cara a aquel artesano virtuoso que tan generoso era conmigo.

Lentamente, sus regalos se fueron distanciando y fui dejando de saber de él hasta que desapareció de mi entorno. No recuerdo lo que pude haber pensado de esa repentina ausencia. Pero pasado ya bastante tiempo, un día mi primo me reveló que Torto era él mismo, y los artilugios que me daba eran obra de sus propias manos. O sea, que se había desdoblado para crear un personaje ficticio, cuya única razón de ser era precisamente yo mismo, pues no tenía otra existencia que la vinculada a la fabricación de aquellos artilugios que luego me daba; solo me hablaba de él con ocasión de alguna entrega.

Hoy me maravilla aquella ocurrencia de mi primo que con solo nueve o diez años decidió crear un amigo imaginario de nombre entre exótico y circense, ideado solo para mí, niño de apenas cinco años, para que viviese aquella inocente fantasía de un amigo suyo que me obsequiaba con sus trabajos. Pero lo curioso es que, a pesar de descubrir aquel desdoblamiento de personalidad, no llegué a fundir ambas figuras, no quise hacerlo; una no se sobrepuso a la otra. Para entonces, Torto ya había tomado existencia y, siendo un personaje amorosamente ideado para mí, decidí prorrogar su propia individualidad. Quise verle como una personalidad desdoblada que mi primo ponía al servicio de sus innatas aptitudes artísticas para el dibujo y la escultura.

Pero Torto, o sea mi primo, ya adultos ambos, me hizo más regalos salidos de sus manos, varios retratos y un busto mío que dejé hace años en casa de mis padres. Uno de los retratos que me hizo luce en mi rincón de trabajo.

Ahora que mi primo se ha ido para siempre, recuerdo aquella entrañable ocurrencia, al tiempo que siento la punzada culpable de una distancia geográfica impuesta por las circunstancias y un silencio apenas interrumpido en ocasionales encuentros familiares. Y Torto, al que el paso del tiempo había aletargado en algún pliegue escondido de la memoria, acudió a mi mente para estar presente en esa remembranza.

He empezado estas líneas diciendo que Torto ha muerto. Pero es probable que esas palabras no sean del todo acertadas, porque los seres hechos de fantasía no mueren. Aunque no fuera el propósito de aquel niño que era mi primo, quienes aciertan a crear seres imaginarios puede que lo hagan para sobrevivirse en ellos, conscientes de que los habitantes de la fantasía nunca perecen. No, Torto no ha muerto; y si su creador, su imaginador se ha ido y descansa ahora en el cobijo de nuestra memoria; Torto se ha quedado para siempre en el reino inmortal de la fantasía, desde donde me sonríe, mientras con sus manos pulcras, de dedos largos, dibuja, trabaja la arcilla y retuerce el alambre para dar forma a una espada minúscula para aquel niño que era yo. Imposible olvidarlos.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS

Tracking Pixel Contents