Opinión
Luis Espada Recarey
Casuística de los grandes científicos
Los estudios de Catharine Cox Miles intentan resolver la clave de la cuestión: ¿cuál es la peculiaridad fundamental de los grandes pensadores/as? Para su resolución, se basa en el desarrollo que experimentaron 300 importantes científicos, filósofos y artistas, fundamentalmente de los siglos XIX y XX, durante su adolescencia y, a partir de los datos obtenidos, llevar a cabo una interpretación de sus cualidades. Igualmente observó, con el mismo objetivo, sus características generales desde su adolescencia hasta la madurez. En sus conclusiones afirma que el genio y la eminencia no siempre guardan una correlación: «un genio que logra una alta eminencia es uno cuyo test de inteligencia se ha identificado como un don en su infancia, pero lo contrario no se cumple, pues no se puede afirmar que cada niño/a cuyo test de inteligencia sea excelente se convierta en eminente».

Casuística de los grandes científicos
Sin embargo, A. Roe, a diferencia de Cox, solamente estudia un grupo reducido de grandes científicos para concluir que la inteligencia, aun siendo un factor condicionante de la eminencia que poseyeron, no es la característica decisiva. Partiendo de estas afirmaciones, E. Farber, en su obra «Grandes científicos», guía inestimable para comprender el alcance del genio y su relación con una cualidad tan difícilmente definible como la eminencia, desarrolla los criterios necesarios para poder correlacionar esta cualidad, que todos han poseído, con su vocación, salud, metodología de trabajo, inteligencia... centrándose, fundamentalmente en la búsqueda que relaciona su estabilidad con una cualidad imprescindible como es la eminencia.
Depresiones temporales de mayor o menor intensidad, en algunos casos motivadas por el exceso de trabajo, no deben considerarse invariablemente como patologías. En este sentido, Farber cita casos de científicos que las padecieron como Michael Faraday, Philippe-Auguste Guye, John Net y M. Curie, para quien la pérdida de un hijo prematuro en 1903 y la muerte de su esposo en 1906 hicieron tambalear su entereza. A otro nivel, Robert Boyle, mostró siempre un miedo permanente a la muerte, debido, posiblemente a sus frecuentes cólicos nefríticos. G. François Rouelle y John Meter Klason padecían fobias de forma casi permanente. El primero con un temor constante a ser plagiado y el segundo afectado de un cierto pavor, en su creencia de no desarrollar bien sus obligaciones como profesor.
En cambio, ejemplos representativos de una mayoría fueron: Josiah Willard Gibbs, que contribuyó al esclarecimiento de los equilibrios heterogéneos, tan difícilmente compartidas por sus contemporáneos, y quien siempre manifestó una disciplinada mente a lo largo de su vida; los animosos espíritus de Irving Langmuir y Giacomo Luigi Ciamician, la continua amabilidad de Leo Hendrik Baekeland a quien sus tempranos éxitos no provocaron cambios en su personalidad animosa y agradable, la natural moderación y el permanente entusiasmo que infundía W. Ramsay son, entre otros, algunos de los grandes científicos/as que gozaron de una estabilidad emocional comprobada.
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