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Opinión

Casi algo

Vivo los noviazgos de mis hijos como si fueran míos. Sé que hacerlo contradice cualquier manual de buena madre, pero soy incapaz de pasar de largo por delante de toda esa emoción.

Les ayudo a pensar en cada detalle del calendario de adviento, en cada outfit y en cada regalo de aniversario, aunque el aniversario sea de una sola semana. Les enseño a crear misterio, a generar sorpresa, a inventar mundos paralelos muy grandes que solo entiendan ellos. Les ayudo o pienso que les ayudo, porque en realidad ya nacieron con ese no sé qué especial, pero unas veces me atribuyo el mérito y otras me pregunto, quién demonios me creo.

El menor, por ejemplo, me pidió un día que le diese dinero para comprar velas. Quería sorprender a su novia haciendo un pequeño pasillo de luces en la terraza que terminara en una gran tarta de cumpleaños. Cuando se acabó la cita me dio una bolsa con las velas sobrantes por si las necesitábamos en casa para alguna ocasión especial. Entre el escándalo y la risa comprobé que su caminito de baldosas amarillas lo había fabricado con cirios rojos, con velas de cementerio. Eran tan grandes que seguían casi enteras, de ahí que pretendiera que las aprovechásemos —según él— para cualquier otro festejo familiar. Le expliqué el equívoco pero le resultó cero relevante, por muy de muertos que fueran los cirios habían hecho su magia.

Otro día encontré en su mesilla un papel en el que había escrito: «Despiértame si me necesitas». Se lo había mandado a su novia la noche anterior en una foto de WhatsApp. Pensé que ese mensaje en esa hoja cuadriculada era todo lo que estaba bien en el mundo. Da igual si se lo envías a tu novia a distancia a los diecinueve años o si mucho tiempo después se lo dices a la persona que duerme a tu lado de espaldas.

No tengo hijos para los que sirva el «casi algo». Casi te escribo, casi voy a esa fiesta, casi te pido perdón, casi me arriesgo. Si tuvieran que resumir su vida amorosa en tres titulares no habría ningún casi. También hemos padecido toda la familia historias menos idílicas, con alguna que otra novia mustia a la que le preparamos todo y no quiso nada o con algún noviete cutre con el dinero que también resultó serlo con el amor. Pero ninguna de esas personas fue un casi, cada una de ellas fue algo completo y bueno mientras estuvo cerca.

Hablaba ayer con mi hija sobre una historieta romántica que vivió el verano pasado. «A veces me acuerdo de su cara y me pongo nerviosa», me dijo. Por un momento pensé en que a mí eso ya no me pasaba con la cara de nadie y me puse triste. Entonces recordé las caras de mis hijos cuando me perseguían arrastrando sus pañitos por toda la casa, cuando abrían mucho los ojos y los brazos para que mi cariño los alcanzara. Sus ojos de niños enamorados, los de antes y los de ahora, todavía me ponen nerviosa.

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