Opinión
Vivir en un bajo

Edificios en construcción en el Barrio do Cura. / Jose Lores
No sé a qué viene tanto revuelo con el plan de la Xunta para transformar bajos comerciales sin actividad en viviendas. Con la emergencia habitacional que nos atenaza, con los precios desorbitados de los alquileres —como acaba de recordarnos mi compañero Borja Melchor: nuevo récord histórico en Vigo, casi 12 euros el metro cuadrado—, con la escasez de oferta disponible en el mercado en buena medida por la irrupción de los pisos turísticos… A ver, reconozco que vivir a pie de calle tiene sus inconvenientes, y hablo desde la experiencia personal.
El bajo en el que me independicé hace más de quince años, en el que formamos una familia mi pareja y yo y estamos criando a nuestros hijos, fue antes una mercería, y mucho antes la residencia de mis abuelos maternos, una imprenta, la sede de un partido de esos de la vieja guardia, una casa parroquial… y así podría seguir hasta mediados del siglo XIX, cuando no era más que lodo y arena de la Foz de O Miñor.
¿Inconvenientes? Muchos. Sobre todo, a nivel de ruidos —por mucho que aísles, la vibración de los vehículos y el griterío son imposibles de contener—, de luz —es evidente que un cuarto piso siempre es más luminoso que un bajo— y de privacidad —abres la puerta y nadie, repito, nadie puede evitar una mirada furtiva, con más o menos disimulo, hacia el interior de tu hogar—.
¿Ventajas? También muchas. No hay escaleras ni ascensor, lo cual es de agradecer cuando tienes niños pequeños o movilidad reducida. Es más cómodo. Entrar y salir de casa no cuesta nada: ¿que se te han olvidado las llaves del coche? ¿O la mochila del niño? Pues vas y vuelves en un pispás. De hecho, esto tiene una derivada: acabas integrándote más en la comunidad en la que resides. Pero, por encima de todo, un bajo suele ser más barato que los pisos superiores.
El factor cotilla
Hay otro inconveniente —o ventaja, según se mire— relacionado con ese ingrediente cotilla que llevamos en el ADN (exacto, el mismo que nos hace mirar hacia dentro cuando la puerta está abierta): las conversaciones que se filtran por las ventanas. Créanme, muchas de las ideas que luego se convierten en artículos como este surgen de diálogos callejeros que se cuelan, sin querer, en mi espacio vital.
Hay para todos los gustos: desde consejos sentimentales hasta planificaciones delictivas, riñas de pareja, clases improvisadas de filosofía e historia, gritos neandertales —estos sobre todo de noche, los fines de semana y en verano—, e incluso argumentos de película X de los ochenta. Hay de todo en la viña del Señor. A veces le digo a mi mujer que es mejor poner la oreja que ver Netflix: la realidad siempre supera a la ficción. Y si no te gusta, solo hay que cerrar la ventana.
Así que, sinceramente, no entiendo tantas críticas a la propuesta. No todos los bajos son mazmorras ni todos los pisos altos son paraísos. Convertir locales en hogares no resolverá por sí solo la crisis de la vivienda, pero puede ser parte de la solución —y, desde luego, mejor eso que dejar escaparates vacíos acumulando polvo—. La clave está en hacer las cosas bien: con criterio urbanístico, con seguridad, con ventilación y luz suficientes y, sobre todo, con sentidiño. Eso siempre.
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