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Opinión

Día de la Iglesia Diocesana con nuevo enfoque

Todos los años, en la primera quincena de noviembre, muchas diócesis españolas se miran al espejo y abriendo puertas y ventanas muestran a sus fieles y a la sociedad, en un ejercicio de noble trasparencia, el dónde nos hallamos ahora mismo, qué pretendemos, qué nos hace falta para alcanzar nuestros planes pastorales de futuro y con qué medios humanos y materiales contamos para ello.

Es el Día de la Iglesia Diocesana en el que, en vez de hablar de las misiones de la Iglesia universal, o de la paz en el mundo, se habla y se enseña la propia casa, las tareas más cercanas de nuestra Iglesia en el aquí y el ahora. Para eso se da cuenta, también este año y en nuestra Diócesis de Tui-Vigo de los numerosos afanes en evangelización y catequesis (467 catequistas de infancia y juventud junto a varias instituciones y movimientos dedicados a la formación doctrinal); así como de las principales celebraciones sacramentales llevadas a cabo (892 bautizos; 929 primeras comuniones; 663 confirmaciones) o de cuanto silenciosa pero eficazmente se hace, casi siempre será insuficiente, en acción caritativa y social (8.544 personas atendidas en 108 centros).

Para ello se edita anualmente una revista titulada Nuestra Iglesia en la que se pormenorizan todos estos datos, también los económicos, y que los medios de comunicación han difundido estos días. Así se retrata y se da a conocer a la sociedad lo que hace la Iglesia entre nosotros: ni para presumir de ello, ni para lamentar a donde no se llega en ninguno de sus aspectos: enseñar la fe, celebrarla y vivir la comunión, sino para reclamar y urgir la corresponsabilidad de sus miembros y ofrecer oportunidades de colaboración a quienes quieran construir con nosotros un mundo más humano y fraterno. Como cantamos en ocasiones en nuestros templos: «La Iglesia en marcha está a un mundo nuevo, vamos ya donde reinará el amor, donde reinará la paz».   

Sin embargo, este año el Día de la Diócesis ha adquirido un nuevo enfoque añadido al habitual, por coincidir la celebración diocesana de este 9 de noviembre con la fiesta universal del calendario cristiano —la dedicación de la basílica de san Juan de Letrán, la catedral del papa como obispo de Roma—, y que el papa Francisco quiso establecer para conmemorar en tal día, a los santos, beatos, venerables y siervos de Dios en cada una de las iglesias particulares o diócesis del mundo. De ahí que con el lema «Tú también puedes ser santo» la campaña de este año invite a conectar la santidad, a la que todos estamos llamados por el bautismo, con el hoy de nuestras vidas.

Me parece una providencial coincidencia el refrescarnos a la vez que, por el bautismo, en la Iglesia todos los fieles somos corresponsables de sacar la Iglesia adelante —ahora se dice enganchados por la sinodalidad—; y que también, por el mismo bautismo, estamos llamados a la santidad, que no consiste en hacer cosas, como el circense «más difícil todavía», tal como en ocasiones ridículamente se nos han presentado a los santos; sino que ser santo es hacer lo que por profesión y oficio ya tenemos que hacer, pero hacerlo bien hecho porque esa es nuestra ofrenda a Dios. Y en este asunto no hay más cáscaras. Así de sencillo y así de fácil; o de difícil, porque reclama hacerlo en toda circunstancia.

Por eso el obispo de Tui-Vigo, monseñor Antonio Valín, en su carta pastoral para este Día de la Diócesis, quiso destacarnos el ejemplo de algunos de los santos diocesanos que en sus circunstancias y épocas vivieron su compromiso de fe corresponsable con esta Iglesia diocesana:«Como el beato Pedro González Telmo —san Telmo—, patrón de la diócesis; san Paio, natural de Albeos; el beato Manuel,de  Ribarteme;  el beato Salvador FernándezPérez,  salesiano natural de Crecente; o el beato José García Pérez, primer beato de este siglo natural de Teis». Sencillos pero brillantes y limpios espejos que deberíamos conocer mejor para mirarnos y aprender de ellos corresponsabilidad con nuestra Iglesia diocesana.

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