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Opinión

Vigo

El romance Vigo-París

Último vuelo de Air France a París desde Peinador en 2015.

Último vuelo de Air France a París desde Peinador en 2015. / FdV

Curiosamente, esta historia de amor —como la mía propia— comenzó en la primavera de 2004. Fue un flechazo a primera vista, amor verdadero. Vigo abría su corazón a una de las mayores aerolíneas de Europa, Air France, para establecer un puente aéreo entre Galicia y la capitale de la France, es decir, París.

Como en cualquier relación, al principio todo eran pétalos de rosa, champagne, sonrisas bobas y «cuelga tú, anda». Vigo y París, París y Vigo: una pareja que era la envidia de otras latitudes, de otros aeropuertos, que no tardaron en torpedear a los tortolitos. Siempre hay un tercero.

Vigo —o mejor dicho, su área de influencia— tenía mucho que aportar a Air France. Decenas de miles de personas, por placer, pero sobre todo por trabajo, se lanzaron en manos de esa conexión para volar a París. Para empezar, todos los ejecutivos de la multinacional que hoy es Stellantis y sus proveedores de capital galo; todo el entramado del mar (incluso las tripulaciones de los pesqueros, que volaban al aeropuerto Charles de Gaulle para enlazar después con sus caladeros de trabajo) y, por supuesto, todos esos viajeros que querían visitar Francia por gusto. Me pregunto cuántos vigueses —y viguesas— se habrán declarado en la Torre Eiffel, en Notre Dame o en el Sacré-Cœur...

Con unos cimientos tan sólidos, el matrimonio prosperó. Tanto, que hubo una época en la que de Vigo salían cuatro vuelos diarios —han leído bien, cuatro— a París, que enlazaban con los bancos de salida de sus más de 150 destinos. De hecho, fue gracias a Air France y a la conexión Vigo-París que Peinador marcó su máximo histórico de pasajeros, con algo más de 1,7 millones en 2007. Pero toda relación tiene un final… y un culpable. En este caso concreto, varios.

Las causas de la ruptura

Ahora que se han cumplido diez años de la espantada de Air France —como bien ha recogido mi compañero Víctor Currás— conviene recordar los porqués de la ruptura. El principal: el juego sucio de los concellos de Santiago —con apoyo de la Xunta— y de A Coruña, que empezaron a poner encima de la mesa subvenciones nada transparentes para tener sus propios vuelos a París, manipulando las reglas del juego y dando la puntilla a cualquier posibilidad de coordinación entre los aeropuertos gallegos. La de Air France era la única ruta internacional gallega que operaba a mercado, es decir, sin ningún tipo de ayuda.

Así pasamos de los «te quiero» y «yo más» al au revoir de Air France y al «te echaré de menos» de Vigo: un mazazo para la terminal olívica —lo de Ryanair y Londres es pecata minuta en comparación— que dejó un hueco que, diez años después, sigue sin cubrir.

Por eso me da un poco la risa que sean ahora los ayuntamientos de Santiago y A Coruña, y la Xunta, los defensores de la necesaria coordinación entre las tres terminales dentro de ese «Grupo de trabajo de conectividad aérea de Galicia» que se reunió este miércoles en Lavacolla. También me sorprende que AENA nos recuerde que hay demanda en Vigo para nueve rutas: cuatro internacionales (Londres, Milán, Ámsterdam y Roma) entre las que no se encuentra París —ojiplático me quedo—, y cinco nacionales (Sevilla, Málaga, Valencia, Palma y Alicante). Porque ¿desde cuándo el problema era la demanda? Nunca lo ha sido, y el romance con Air France es la mejor prueba.

Como en toda historia de amor que acaba sin motivo justo, siempre queda la duda de qué habría pasado si nadie se hubiese metido en medio.

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