Opinión
Trump: ¿un daño irreversible?
Vaya por delante mi simpatía hacia los Estados Unidos, país al que Europa debe la liberación del totalitarismo, nazismo y fascismo en dos guerras mundiales y la protección en defensa durante la Guerra Fría y hasta hoy. La deuda de gratitud se puede comprobar visitando los cementerios militares donde descansan miles de jóvenes estadounidenses muertos para liberar a Europa de su estupidez histórica. Los rusos también contribuyeron a ello, pero mientras que los americanos favorecieron la democracia en Europa, la Unión Soviética trajo otra dictadura de distinto signo a los territorios que controlaba.
El presidente Donald Trump tiene razón en que la contribución europea a la defensa ha sido escasa y que Estados Unidos no tendría por qué cargar con ese costo en exclusiva. Hasta ahí se puede estar de acuerdo. Otra cosa son las decisiones económicas y políticas que ha adoptado en materia de aranceles y que pueden traer consecuencias, quizá irreversibles o de difícil reparación.
Estados Unidos a lo largo de su historia ha tenido pulsaciones aislacionistas, pero lo que el presidente Trump propone ahora parece un intento de situar a ese país en un régimen de autarquía, que la historia ha demostrado que no funciona. En primer lugar, el método seguido para determinar la imposición de aranceles a los distintos países con los que comerciaba hasta la fecha es tosco, absurdo y tiene escasa base en la teoría económica elemental. Los aranceles tienen efectos restrictivos sobre el comercio, pero también tienen efectos sobre quién es el que soporta el efecto de una tarifa, si es el exportador o bien el importador, y esto es algo que debería de ser objeto de análisis cuidadoso a la hora de establecer una tarifa o de establecer estrategias comerciales.
Cualquier tratado de finanzas públicas describe mediante modelos matemáticos el efecto de redistribución que la introducción de un arancel produce y estos efectos se pueden ilustrar gráficamente con un esquema (de tipo 'espalda a espalda' o back to back) donde se representan ejemplos de los esquemas de la oferta y la demanda en el país importador y en el país exportador.
Los efectos de cualquier tarifa, en materia de costos, se reparten entre los productores extranjeros y los consumidores nacionales, pero la manera en cómo van a repercutir estos efectos variará mucho dependiendo de la elasticidad de la oferta y la demanda de ese producto en cada uno de esos países. Si ambas curvas fuesen similares en ambos, los efectos más o menos se repartirán al 50%. Si la oferta y la demanda son muy elásticas en el país importador y muy inelásticas en el exportador, los efectos de la tarifa recaerán sin duda sobre el país exportador, que tendrá que bajar sustancialmente los precios si quiere continuar vendiendo en el otro país, mientras que, si sucede al revés, el costo de los aranceles recaerá sin duda sobre los consumidores del país importador.
En el caso que nos ocupa, si hasta ahora la economía americana, inventora de la deslocalización y las multinacionales, ha recurrido a la importación, ello es sin duda porque su sistema de producción así lo requiere, con lo que probablemente su demanda interna sea bastante inelástica y los aranceles los acabarán pagando los ciudadanos estadounidenses y se generará inflación. Esto le puede salir muy mal al presidente Trump.
Se producirá un daño en las economías exportadoras que se verán obligadas a buscar mercados alternativos. Pero lo peor es la alteración del régimen económico internacional representado por la Organización Mundial del Comercio del que Estados Unidos se retira y no respeta. No cabe duda de que el comercio mundial se frenará con estas restricciones, pero el mercado exterior es mucho mayor que el de los Estados Unidos y en eso la presidenta Sheinbaum de México tiene toda la razón.
Si esto no se remedia pronto, todo ello lleva a una reconducción de los flujos comerciales que tendrán ahora que prescindir del mercado americano. Europa tiene que orientar sus flujos hacia otros países, pero esto puede tener consecuencia irreversibles y probablemente perjudiciales para Estados Unidos a largo plazo. Que Japón y China, enemigos tradicionales, hayan firmado un acuerdo debería de hacer despertar a los agentes económicos estadounidenses (Elon Musk ya pide aranceles cero y un tratado de libre comercio).
A esto se añade una inaceptable política exterior agresiva hacia países aliados como Canadá, Groenlandia (Dinamarca) y Panamá, actitud que resulta muy poco americana (un-american) y que justifica sin duda las apropiaciones por la fuerza de Putin y pudiera alentar la incorporación china de Taiwán en un futuro. Trump está convirtiendo a Estados Uidos en un país poco fiable.
Desde luego Europa tiene que reaccionar unida y hacer lo que sea para evitar daños a su sistema económico y de bienestar social. Hay que reforzar la liberalización del comercio con Canadá, Reino Unido, México y Mercosur en general, así como cualquier otro país que desee comerciar con nosotros y respetar nuestros esquemas morales y políticos. Si la situación no se restablece pronto, no cabe duda de que los daños pueden ser irreversibles, pero Europa no necesita edecanes ni sicofantes del presidente americano, como VOX, sino que tiene que buscarse la vida unida y como dice el refrán gallego: «Ireime ó rei de España / E si me tratase mal / Ireime ó de Portugal»
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