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Opinión | Con lo bien que iba todo

Trump y yo

Grande y pequeño, no a la vez, sino una cosa u otra. Trump y el alcalde de mi pueblo. Las noticias del telediario o los chismes de la panadería, la portada o las esquelas. No sé bien por qué me tengo que llevar un disgusto cuando Wall Street baja un alarmante 4,5%, pero entiendo perfectamente cuándo no hay dinero para gasoil. Seguro que en algún punto confluyen, si el rubio sube los aranceles y te dedicas al vino, tu economía se resiente a partir del lunes, así, directamente, pim-pam. Te llama un tipo de Bakersfield, California, y anula el contenedor de Albariño que te había pedido porque that’s life, querido. Y lo mismo le pasa a un amigo de Baeza, Jaén, con su cliente de Jackson, Alabama, que ya no quiere el aceite de oliva virgen.

El caso es que abrimos siempre con la actualidad internacional y restamos importancia a lo que nos toca de cerca porque es un problema menor. A Carmen, la vecina, le movieron el marco, la piedra que delimita una pequeña tira de tierra que le da patatas, grelos y un poco de vino plantado rodeando; apenas la movieron, algo más de un metro escaso —que viene siendo una medida imposible— pero la movieron, y a ella le pareció mucho más grave que lo que Putin le movió a Zelensky. Como Carmen no tiene drones ni misiles, puso la piedra en su sitio y ató allí al can con una cadena que se desliza por un cable, de modo que podemos considerar a Nei —así se llama el perro canela mil leches— como una víctima indirecta del conflicto entre Carmen y Jaime, su vecino.

Si el rubio sube los aranceles y te dedicas al vino, tu economía se resiente a partir del lunes

A Europa le movieron el marco también y nos va a costar ochocientos mil millones atar el perro a la piedra para que vigile a Putin, el vecino, y por eso no va a quedar dinero para echar gasoil al tractor.

O sea que todo está lejos y todo está cerca, lo mismo Donald que Paco, un nombre cualquiera.

Las noticias nos preocupan porque solo las malas son noticias, las buenas no venden y las pequeñas no interesan. Últimamente me siento muy Asterix, con temor constante a que el cielo caiga sobre nuestras cabezas. Buscaré la serenidad en un trago de poción mágica, preferiblemente de la denominación de origen Rías Baixas.

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