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Opinión

Pilar Galán Rodríguez

Carnaval, Carnaval

Me encantan los Carnavales. Los he vivido desde pequeña y solo la distancia y las obligaciones familiares han impedido que vaya a mi pueblo aunque sea solo un día a disfrutar en las calles. Digo calles, porque los Carnavales siguen siendo populares y se disfrutan más allá de los desfiles. Mientras a algunos sitios les ha dado por competir con Tenerife y Río de Janeiro, en otros se ha apostado por quedarse con lo que nos hace diferentes y potenciarlo. En muchos pueblos aún hay personas que mantienen vivo el espíritu burlón de esta fiesta y salen de su casa disfrazados con lo primero que encuentran. Antes, cuando no se celebraban en casi ningún sitio, en mi pueblo eran la gran fiesta y se mantuvieron incluso cuando estaban prohibidos. Ahora, apenas quedan pueblos sin su Carnaval y se han recuperado costumbres ancestrales, porque lo importante no fue nunca la pedrería, el brillo o el número de asistentes, sino la subversión del orden establecido, por más que luego se restablezca. Esa es la parte que me encanta, la del desorden, la de la nocturnidad y el deseo de ser otro solo unos días.

De pequeña adoraba el ambiente de libertad que se respiraba (de hecho, eran los únicos días en que mi madre no nos obligaba a comer a una hora estricta) y volver a casa con los pies cansados, el pelo lleno de colorines y los ojos encendidos. Me encantaba disfrazarme, me sigue gustando mucho, y mis hijos han heredado esa vocación farandulera de convertirse en alguien diferente aunque sea por un momento: pintarse, ponerse peluca, cubrirse con la máscara, simular que puedes ser quien quieras y rodearte de extraños que intentan hacer lo mismo. Mis Carnavales son recuerdos de peñas, de canciones hasta el amanecer y fiestas de instituto (esas hombreras y esa brillantina cuánto daño han hecho), casetas municipales y dianas floreadas que sentaban como un tiro si acababas de acostarte. Por eso, siempre trato de escaparme a vivir el Carnaval al menos unos días. Suena la música en la calle, suele hacer frío pero enseguida deja de sentirse, a veces llueve pero la lluvia no importa. Importa recuperar la mirada de cuando eras niño, importa lanzarse a bailar como si no hubiera un mañana, sobre todo porque los años han pasado, ya sabes cómo acaba todo esto, qué pronto llegan el entierro de la sardina y la cruz de ceniza, y qué rápido empieza la Cuaresma para recordarnos lo frágiles que somos, polvo que volverá al polvo… y aun así, qué bien podemos pasárnoslo mientras tanto.

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