Opinión

Subdirector de Faro de Vigo
Con el bus a cuestas

Autobús de Vitrasa a su paso por Praza do Rei, que servirá de parada para Porta do Sol / Pablo Hernández Gamarra
Se avecinan grandes cambios en la movilidad urbana de Vigo. Y no me refiero a infraestructuras millonarias como la prolongación en túnel de la autovía A-52, la Salida Sur hacia Oporto, el AVE directo por Cerdedo o la humanización del tramo final de la AP-9 en Teis. Cada una de ellas merecería un capítulo propio, con sus pros y contras. Me refiero, más bien, a la manera de moverse dentro de la propia ciudad, ya sea en transporte urbano, vehículos privados, bicicletas y VMP (patinetes, etc.), y, por supuesto, también a pie.
Una vez descartada —¿del todo?— la idea de construir un metro ligero, como planteó hace 20 años un joven conselleiro de Política Territorial, hoy líder de la oposición y aspirante a presidente del Gobierno (es decir, Alberto Núñez Feijóo), aunque ya antes algún regidor había coqueteado con la idea, cuando hablamos de transporte urbano en Vigo solo podemos referirnos al autobús. Por ahora, y pese al esfuerzo económico del Concello para subvencionar el billete (gratuito para los pensionistas y con importantes descuentos para estudiantes y demás usuarios de la tarjeta PassVigo), la ciudad sigue a la cola de España en uso de transporte público, con 75 trayectos por habitante y año, como bien ha señalado en estas páginas nuestro compañero Borja Melchor.
Las novedades llegarán con la convocatoria de un nuevo concurso para la concesión y con el estudio sobre movilidad urbana sostenible encargado hace dos años, que estaría a punto de ver la luz. También será clave la integración del futuro mapa de líneas de autobús con las rampas, escaleras mecánicas, ascensores y demás elementos del programa «Vigo Vertical», que han creado verdaderos corredores peatonales y han reducido el esfuerzo de moverse a pie en una ciudad con tantas pendientes como la nuestra, como ha recogido este fin de semana Víctor Currás.
Para quienes se desplazan en vehículo propio, ya sea coche o moto, el gran cambio llegará este año con la activación de las Zonas de Bajas Emisiones (ZBE), de las que, por suerte, han quedado al margen las principales arterias de tráfico. En total, estas islas afectarán a poco más del 3% de la superficie del casco urbano, en tres ámbitos: O Calvario, Centro y Bouzas. El alcalde ha asegurado que no está en sus planes multar a los vehículos contaminantes que accedan ocasionalmente a estas áreas, así que habrá que esperar para ver cómo se articulan los controles.
Y ya por último, queda por ver si el Concello mantendrá su apuesta por la bicicleta, con más ciclocarriles como el que atraviesa ahora la ciudad desde Samil hasta Teis, o el que construyó el Puerto en Beiramar (el tramo en obras en la zona de astilleros difícilmente puede considerarse un carril bici; una oportunidad perdida). No estaría mal, digo yo, que esa senda peatonal que se proyecta entre Bouzas y Samil, que permitirá además regenerar todas esas pequeñas calas entre ambos puntos, cuente con un espacio delimitado para las dos ruedas. Sin duda, sería uno de los carriles bici con mejores vistas de Galicia.
Corolario: si Vigo aspira a convertirse en una verdadera smart city, debe empezar por definir su movilidad interna con inteligencia y visión. Más allá de las infraestructuras y grandes inversiones, es imprescindible un modelo de transporte eficiente, sostenible y accesible, que integre de manera equilibrada el autobús, el «Vigo Vertical» y las nuevas formas de desplazamiento urbano. Las ZBE, el rediseño de la concesión de Vitrasa y las facilidades para el peatón son pasos en la dirección correcta, pero solo si responden a un plan global que priorice la funcionalidad y la cohesión territorial. Primero resolver la movilidad interna, porque la externa (AVE directo a Madrid, autovía alternativa a la A-55, aeropuerto, etc.) amenaza con ir para largo
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