Opinión | Las cuentas de la vida
El espejo del pasado
Podemos mirar al pasado, como hizo la mujer de Lot, y transformarnos en estatuas de sal. Hay algo inquietante en la nostalgia si se convierte en programa político. No, desde luego, en la común —aquella que permanece en la intimidad de cada uno—, sino cuando se transmuta en categoría histórica, cuando afirma que el tiempo ya transcurrido es el lugar al que debemos volver. Se trata de una operación de la memoria sobre la política: la construcción de una edad dorada, convenientemente despojada de toda contradicción y ascendida al rango de axioma. La memoria —lo sabemos— siempre es un arma política. Y puede actuar en una doble dirección. Esto también lo sabemos.
No debería sorprendernos. La ciencia política nos ha hablado hasta el hartazgo de la regresión histórica como recurso retórico, de la idealización del pasado como refugio frente a la incertidumbre del presente: por ejemplo, la Roma imperial, que fue modelo de virtud para el Renacimiento; la Edad Media, convertida en emblema espiritual durante el Romanticismo; el siglo XX, reconstruido en clave de resistencia frente a las derivas populistas contemporáneas... Lo singular no es que el fenómeno persista, sino su velocidad: el anhelo de restauración, que en otras épocas seguía los ritmos del declive y la reconstrucción, se ha vuelto feroz, casi desesperado. La rapidez del cambio tecnológico y la pérdida de referentes culturales han hecho que el ayer parezca más seguro y también más real que el presente mismo.
El problema de la nostalgia como ideología es que no se limita a mirar hacia atrás, sino que reconfigura la memoria a su antojo; no trata de recuperar el pasado tal como fue, sino de considerar un aspecto que sea de utilidad al momento actual. Así, cualquier período puede trocarse en un ideal perdido. Quiero decir que todo se reorganiza en función de la necesidad de un relato que dote de sentido al caos de la libertad. Y, en ese proceso, la añoranza deja de ser una emoción para transformarse en una herramienta de poder.
Resulta irónico que, en el fondo, la nostalgia política —a favor o en contra— es reaccionaria, aunque pretenda no serlo. No en el sentido habitual del término, desde luego, sino en su estructura más esencial: en la suposición de que el muestro ayer contenía un orden que hemos traicionado y que únicamente podemos restablecer desandando el camino. Pero el pasado constituye más un espejo deformante que un refugio. Su reconstrucción se convierte así en un ejercicio creativo en el cual se eliminan las zonas de sombra y se preservan sólo aquellas imágenes que reafirman el relato dominante.
El verdadero dilema consiste en que la nostalgia moviliza porque ofrece una promesa clara: si volvemos a ese momento de la historia —cualquiera que hayamos seleccionado—, las contradicciones se resolverán. Pero la historia no es un círculo, y las puertas del pasado no se abren en una sola dirección. Lo que se pierde no regresa; lo que persiste es lo que hemos querido recordar. El auténtico desafío no consiste en restaurar, más bien en comprender qué nos dice el impulso de mirar hacia atrás y qué posibilidades existen de construir algo distinto que no sea una repetición de lo ya conocido, pero que sirva para abrir puertas para el futuro.
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