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Opinión

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

«BiciVigo»

DOS CICLISTAS CIRCULAN POR UN CARRIL BICI EN VIGO, JUNTO A LA LADERA DEL MONTE DE O CASTRO

DOS CICLISTAS CIRCULAN POR UN CARRIL BICI EN VIGO, JUNTO A LA LADERA DEL MONTE DE O CASTRO

Cada vez que visito A Coruña —sí, a la competencia hay que vigilarla de cerca— no puedo evitar sentir cierta envidia por su servicio de préstamo municipal de bicicletas, BiciCoruña. Funciona realmente bien: 49 estaciones repartidas por el casco urbano y, el año pasado, 1,34 millones de viajes registrados, casi 100.000 más que en 2023. Una tendencia al alza que no deja de consolidarse con el tiempo. Es la prueba de que la bicicleta, especialmente desde la llegada de los modelos eléctricos —que poco tienen que envidiar a los ciclomotores—, puede y debe ganar terreno en las ciudades como la mejor alternativa de movilidad.

A Coruña apuesta por este formato de préstamo municipal y, de hecho, el Concello ampliará el número de bases hasta las 85 este año. Santander, Madrid, Barcelona o Zaragoza también van en esta línea. En esta última ciudad, por ejemplo, el ayuntamiento instalará 108 estaciones con un millar de bicicletas de pedaleo asistido, con la novedad de que el servicio estará operativo las 24 horas del día. El modelo funciona: reduce los desplazamientos en coche, fomenta el ejercicio físico entre los usuarios y contribuye a un entorno más sostenible. En el norte de Europa nos llevan años de ventaja, como en tantas otras cosas, pero en España hemos ido remontando poco a poco y la bicicleta está ganando peso, especialmente tras la pandemia.

Esto me lleva a la pregunta inevitable: ¿por qué Vigo no apuesta por un servicio propio de alquiler de bicicletas?

Tras el impulso a los carriles bici que cruzan la ciudad desde Samil hasta Teis —con unos 2.000 usuarios diarios, según los últimos datos del Concello, siendo el de Camelias el más concurrido—, o el proyecto de la Autoridad Portuaria para conectar Areal con Bouzas, ya no vale el argumento de que los ciclistas carecen de espacios seguros para circular. Ni el eterno sambenito de las cuestas de Vigo: con una bicicleta eléctrica, el esfuerzo es asumible, y además existen rutas alternativas para evitar las pendientes más pronunciadas.

Resulta, como mínimo, llamativo que una ciudad que se ha consolidado como un destino turístico internacional, que es pionera en movilidad sostenible gracias a las rampas, ascensores y escaleras mecánicas del programa Vigo Vertical y que está a punto de activar las Zonas de Bajas Emisiones (ZBE) en el centro y Bouzas para limitar las emisiones contaminantes, renuncie a un servicio público de alquiler de bicicletas.

No compro tampoco la excusa de evitar que «pase como en Madrid o Barcelona, donde las bicicletas acaban tiradas de cualquier manera», como señaló alguna vez el alcalde. Si Vigo apoya a los motoristas con rebajas fiscales y cierta permisividad en el estacionamiento —¿de verdad molestan menos las motos que las bicicletas en las aceras?—, el Concello debería replantearse su negativa a un BiciVigo con precios asequibles e, incluso, gratuidad para alquileres breves, como ocurre en otras ciudades, y no dejarlo en manos de la iniciativa privada. ¿No?

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