Opinión | Con lo bien que iba todo
¡Acción!
Que pase algo por Dios, que pase algo
Vengo del cine, he ido a ver Cónclave, una peli de trama vaticana, intrigas, lucha de poder, giros de guion, chisgarabís, ahora aquí y de pronto allí. Buenos actores, bien dirigidos, una de esas películas de las que sales satisfecho del cine.
Las de género molan porque uno conoce el entorno y entra a la historia con esa parte digerida, lo que facilita centrarse en la cosa. Digo, si es peli de cárceles ya sabes que hay miradas en el patio, pelea en el comedor y pastilla de jabón en la ducha. Si de juicios, recurso al jurado y alegato final con argumentos irrefutables que dan la razón a quien corresponda, pero sobre todo al público que es quien pagó los ocho o nueve pavos que cuesta la entrada, palomitas aparte. En las de ladrones de guante blanco hay complicidad con el mangante porque es simpático y guapo, Clooney o Pitt, antes, digamos Cary Grant.
"Hay que hacer un esfuerzo de guion para que la historia te lleve en volandas"
Géneros aparte, quería hablaros de las costumbristas, las que suceden en cualquier parte, lo mismo tu calle que el parque aquel de banco y columpios, el caserío vasco o Jaén por la tarde. Como el sitio da un poco lo mismo, hay que hacer un esfuerzo de guion para que la historia te lleve en volandas y compartas angustias con la protagonista que hay que ver lo que le han hecho. Cuando eso es así, todo bien, pero hay un subgénero que me tiene amargado porque si encima me quejo hay que ver Santi qué borrico eres. Son las de personas que se levantan por la mañana y se acuestan por la noche, por el día van de A a B y mientras tanto le suceden cosas. Cuando aquello ni nudo ni desenlace —zasca— los créditos finales. ¡Me cago en todos tus muertos, tío! Me has sacado de casa un día de lluvia y he tenido que comerme aprisa una hamburguesa mediocre, para sacudirme noventa minutazos lineales de la vida interior de una pareja que representa la angustia de la cotidianeidad en una sociedad opresiva donde el consumismo desmedido devora las esperanzas de una autorrealización plena. Pero si de esto es de lo que vengo huyendo, hermano, eso es lo que hay fuera del cine, para ver azulejo y piso de protección oficial no me he metido yo en la sala, vengo a que me des de reír o de llorar como quien da bien de comer, quiero salir lleno de la sala, con media sonrisa de gilipollas y habiendo tomado café y licor de cine.
De modo que en Alcatraz o en la Avenida de los Chopos veinticuatro primero B, pero algo tiene que pasar, tanto si es la opera prima de un talento emergente como el canto del cisne de un genio en sus últimos estertores profesionales, pero que pase algo por Dios, que pase algo.
Por cierto, voy a ver El 47, que creo que es obra mayor, y eso que tan solo va de un chófer en un bus de línea.
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