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Opinión | Con lo bien que iba todo

Síndrome del norcoreano

Pasa que hay unos seres que viven en perfecta armonía, sin problemas de dinero, sin conflictos, en una permanente balsa de aceite donde se dejan gobernar por el puro placer de los sentidos, el amor al arte, la buena salud, el conocimiento y todo aquello que proporcione la plenitud necesaria para una vida feliz. Madruga el que quiere, y el que no, duerme plácidamente hasta que el apetito le invita a levantarse para comer y beber lo que le venga en gana. La medicina resuelve todos los problemas de forma rápida e indolora, y las relaciones sociales son siempre cordiales porque no hay desacuerdos o se resuelven con la serenidad del que sabe que nada pierde sea cual sea el resultado. Viven en casas amplias y luminosas, próximas al mar y a la montaña, en una agradable primavera permanente, con jardines primorosamente cuidados y rodeados de su familia. No hablo de los hipermillonarios que conocemos, sino de algo muchísimo mejor.

Yo no tenía la certeza de que esto estuviese ocurriendo, pero sospechaba que algo no iba del todo bien cuando no encontraba la plena satisfacción en esta vida de esclavo primermundista. Me comparaba con otras gentes y salía ganando en mi Europa ordenada y protegida de todo mal, y consideraba que esta vida de trabajo y lucha constante era lo que tocaba. Pero había algo.

Viendo un documental sobre cierto país asiático cerrado a cal y canto, descubrí una sociedad que cree vivir la vida como debe ser vivida. Son gente subyugada, esclavos del sistema, sometidos a la adoración al líder por el que darían la vida en cualquier momento, y creen sin embargo, que no existe mejor situación que la suya, porque no conocen otras.

Esto es el dilema de la cueva versión de garrafón, pero últimamente tengo un molesto síndrome del norcoreano que me hace sospechar que hay una vida mejor, otro mundo desde donde alguien nos está observando y riéndose de lo pardillos que somos. Nosotros nos creemos muy felices porque tenemos salud, dinero y amor y el que tenga esas tres cosas, bla, bla, bla, pero quizá estamos adorando nuestro sistema democrático —con más fallos que una escopeta de feria— mientras salimos en un documental donde toda nuestra forma de vida espeluzna a los espectadores de otros mundos que desconocemos.

Vale, nada nuevo, Platón de barra de bar, pero si te duermes y ves subir unos créditos finales, piensa en lo que te dije, ¡pringao!

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