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Opinión

Lo primero es no hacer daño

Entre un médico competente y prestigioso, pero antipático y poco empático, y un profesional competente y amable, pero con menos prestigio, ¿con quién nos quedaríamos? Lo quiero todo y me quedo con Marcelo, que me despertó de una colonoscopia muy bien ejecutada al grito de: “¡Mercedes, todo perfecto!”. Gracias por no tardar ni un segundo en darme la buena nueva con una sonrisa. Aprendí del ejemplo de nuestro pediatra, quien, por cierto, tiene un nombre que ya le predestinaba a ejercer este oficio: Salvador, que un buen profesional de la Medicina cura el cuerpo y mima el alma. En el otro extremo, está el oculista que me advirtió de que, una dioptría más, y mi hijo tendría que estar “trabajando en la ONCE”. Cambié de profesional y Pilar, mi nueva oculista, me confirmó que, efectivamente, necesitaba gafas, pero que ella iba a estar ahí para cuidarle y supervisarle.

Ante todo, no hagas daño es un libro que tiene la virtud de acercar el mundo de la neurocirugía y a una deidad como el doctor Henry Marsh a personas mundanas como yo. Lo compré por el título. Me gustó, me gusta y me gustará la sencillez y contundencia de una afirmación aplicable a todos y caí rendida ante su contenido por la honestidad y humildad del autor. Siempre creí que la expresión “lo primero es no hacer daño” formaba parte del juramento hipocrático de los médicos, pero parece ser que no. Da igual. El mensaje está clarísimo. No dañes. Ni físicamente y, si es posible, tampoco psicológicamente. Hurra por los doctores que curan el físico y tienen en cuenta las emociones del paciente. Por los que intentan no dañar, a pesar de que a veces hay que dar noticias feas. Ellos son los mejores. Creo que ejercen su vocación de forma coherente.

Admiro a las personas coherentes. A los juristas honestos. A los maestros que se obsesionan por despertar el disfrute por el aprendizaje. A los periodistas rigurosos. A los psicólogos que escuchan. Me caigo mal a mí misma cuando exijo buenos modales alzando la voz o cuando pido que se controle el uso de la tecnología en casa y, a la mínima, estoy buscando en Google cualquier chorrada. Desconfío de quienes son muy estrictos exigiendo el cumplimiento de sus derechos laborales, pero que, por ahorrarse unos euros, no aseguran al señor que atiende en casa a su padre dependiente.

En el ámbito político, la coherencia escasea y abundan quienes se llenan la boca exigiendo comportamientos que ellos mismos incumplen. ¿Se puede dar credibilidad a un representante que, por ejemplo, mantiene abierto un establecimiento turístico ilegal? ¿Y a uno que, públicamente, defiende a la familia tradicional como el único modelo aceptable, pero que se ha divorciado y convive “en pecado” con otra mujer? Dudo. Aunque el protagonista de mi última gran duda es el presidente del Parlamento de las islas Baleares, Gabriel Le Senne, que pidió que se rebajara el nivel de crispación y que no se cayera en la tentación de intentar silenciar a los críticos. Lo dijo cuando todavía está caliente el recuerdo de su rabia contenida, mientras rasgaba la foto de la represaliada Aurora Picornell. O ha hecho acto de contrición o es un gran humorista. Espero que sea lo primero. Lo segundo sí haría daño.

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