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Opinión | El espíritu de las leyes

Un mundo congelado

Una Europa peligrosamente sonámbula, una trágica premonición sobre Israel y la deriva populista de México

Puede que sea una percepción solamente mía, pero la vida política española me parece aquejada de una lentitud geológica. O bien todo se mueve muy poco o bien los movimientos de los actores resultan tan repetitivos que deviene imposible apreciar desplazamiento alguno. Hay, según creo, una sensación generalizada de que esta legislatura es la de la inanidad. Empezó con gran estrépito, pero al presente la rutina de los ceremoniales parlamentarios y judiciales y el cansino y vacuo rosario de entrevistas de Pedro Sánchez con los presidentes autonómicos producen somnolencia, modorra morbosa persistente y bostezos nihilistas. A veces me pregunto si se puede suspirar de asco.

La Unión Europea no se encuentra mucho mejor. Está sumida en una suerte de impasse hasta que la Comisión, nuevamente presidida por Von der Leyen, comience a funcionar. Con el conflicto bélico entre Ucrania y Rusia casi cronificado, únicamente los pequeños sobresaltos electorales de la extrema derecha en uno u otro país agitan, por lo demás muy levemente, las aguas estancadas. Luego todo vuelve a ser lo mismo en un continente peligrosamente sonámbulo.

En cuanto al resto del mundo, no diré que va de lui même, porque la tensión geopolítica entre China y Estados Unidos prosigue su recorrido. Pero hay una ralentización impuesta por las elecciones presidenciales norteamericanas del próximo 5 de noviembre, que son, ciertamente, de trascendencia planetaria. Aunque también la campaña por la Casa Blanca se desarrolla con un tono menos crispado que el inicialmente previsto, pues el voto del centro será determinante del resultado final, que se prevé muy ajustado.

Si no nos aburrimos completamente es porque Israel está desatado y nos proporciona cada día una ración de horror inenarrable. Hannah Arendt, la gran maestra germano-judía de la filosofía política, a la que hemos de volver continuamente por su rigor y honestidad, estableció las causas de la degeneración israelí ya en la década de 1940, en plena perpetración del Holocausto, abominando del propósito de crear en Palestina, siguiendo el modelo europeo del siglo XIX, un Estado nación étnicamente homogéneo frente a la mayoría árabe de entonces, contrariamente a la solución federal que ella propugnaba. Pensaba con clarividencia que el camino elegido por los fundadores de Israel “haría imposible de manera permanente cualquier coexistencia pacífica con los palestinos árabes y avivaría aún más el antisemitismo panárabe que ya empezaba a crecer con fuerza en los Estados vecinos”. Arendt, con la plena libertad del intelectual público que la distinguía, equiparaba incluso el nacionalismo judío con el racismo nazi (tomo esta evocación de W. Eilenberger, El fuego de la libertad, Taurus, 2021). No puede juzgarse hoy tal equiparación como una simplificación demagógica, sino como una trágica premonición.

“Si no nos aburrimos completamente es porque Israel está desatado y nos proporciona cada día una ración de horror inenarrable”

Otra mujer judía, Claudia Sheinbaum, presidenta de México desde el 1 de octubre, nos ha sacado igualmente de nuestro sopor, si bien por motivos muy diferentes. Doña Claudia no ha querido invitar a su toma de posesión al rey Felipe VI, a quien nuestra Constitución atribuye “la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica” (art. 56.1), sin perjuicio de la dirección de la política exterior que compete al Gobierno (art. 97). Al rey le había dirigido una carta, en marzo de 2019, el presidente López Obrador demandándole la presentación de excusas por las “atrocidades” de la conquista española, carta que no fue respondida. Sobre este desencuentro diplomático se han escrito multitud de artículos de opinión, de modo que iré directamente al grano, remitiendo el trasfondo de la contienda argumental al juicio de los historiadores que ejercen su oficio como auténticos científicos. El populismo “presentista” de los dos mandatarios mexicanos forma parte del juego político interno de su país y no es tema que me interese gran cosa.

En cambio, sí quisiera decirles algo más actual a los solicitantes de tan extemporáneas como teatrales excusas. México lleva más de dos siglos de existencia como nación soberana y se halla dirigido por los descendientes de la élite criolla que proclamó la independencia de la Corona española. Pues bien, ¿puede el Estado mexicano garantizar la libertad y seguridad de sus ciudadanos? Treinta mil muertos anuales e innumerables secuestrados o desaparecidos dicen que no. ¿Se ha convertido México en un narco-Estado penetrado por los cárteles de la droga hasta lo más recóndito de su urdimbre institucional, al punto de que surge la cuestión de si se trata ya de un Estado fallido? Peor todavía: ¿no acaba México de aprobar una reforma constitucional que permite expulsar a 1.600 jueces de la carrera judicial y su sustitución por otros de elección popular sobre listas elaboradas por los políticos? Esto último ha alarmado a la comunidad internacional de los juristas. En un reciente artículo de una importante revista científica, concluye la profesora Tania Groppi que en las próximas semanas se verá si en México queda todavía espacio para la democracia constitucional o si nos espera una nueva etapa del retroceso democrático global.

¿Conocen Obrador y Sheinbaum la parábola evangélica de la paja y la viga?

*Catedrático emérito de Derecho Constitucional

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