Opinión

Con Viktor Orbán llegó el escándalo

Lejos de mí defender la radical postura antiinmigración del primer ministro húngaro, Víktor Orbán, aunque hay que reconocer que es al menos en ello menos hipócrita que algunos gobiernos.

Lejos también de este articulista minimizar los intentos que se atribuyen en Bruselas a un político al que todos tachan de “populista” y condenan por su amistad con Donald Trump, de controlar medios e instituciones en su país.

Pero hay que reconocer que es consecuente, aunque no sea solo por motivos humanitarios, sino también económicos, en su defensa de la diplomacia frente al continuo rearme de Ucrania, que solo genera allí destrucción y muerte en ese país europeo.

Y que ha hundido al conjunto del continente una crisis de inflación y desindustrialización que los gobernantes, a diferencia de los ciudadanos, se niegan a reconocer o tratan de ocultar.

El primer ministro húngaro, país miembro a la vez de la Unión Europea y de la OTAN, asumió en julio el semestre de presidencia de los Veintisiete y lo primero que hizo, sin consultar a sus colegas, fue visitar tanto Kiev como Moscú para reunirse con los presidentes de ambos países.

Pero fue sobre todo la visita al Kremlin y su entrevista con el presidente ruso, Vladimir Putin, lo que provocó la indignación y unánime condena del resto de los gobernantes europeos.

Desde el todavía presidente del Consejo, Charles Michel, hasta el canciller alemán Olaf Scholz, pasando por los jefes de Gobierno de Polonia, las Repúblicas Bálticas o el todavía jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, todos se confesaron escandalizados.

Acusaron a Orbán de “irresponsable”y “desleal”, de haber “socavado” los esfuerzos de todos. La designada para suceder a Borrell en Bruselas, la estonia Kaja Kallas, habló de que el húngaro había solo “sembrado confusión”.

En palabras de Kallas, “la UE está unida en su apoyo unánime a Ucrania”. ¿Acaso ha decidido la futura jefe de la diplomacia europea y conocida rusófona que Hungría se ha excluido automáticamente de la UE?

Sucede que es prerrogativa del presidente de turno de la UE establecer las prioridades de su mandato, y para Orbán, lo más urgente, como les trasladó a los dos presidentes de los países en guerra, es llegar a un alto el fuego que permita negociar luego las condiciones de paz.

Pero esto choca evidentemente con la doctrina que se ha impuesto en Bruselas, y que todos deben seguir al pie de la letra, de que no se puede siquiera hablar con Putin mientras Rusia no abandone todo el territorio ucraniano ocupado, algo que cada día que pasa es más difícil que vaya a suceder.

En su conferencia de prensa en Moscú, el primer ministro húngaro, que reconoció que no hablaba en ese viaje en nombre de la UE, se limitó a declarar lo evidente.

Los dos años y medio que Europa “lleva viviendo a la sombra de la guerra” están causando, según dijo, “enormes dificultades” a los ciudadanos, que así se lo han hecho saber a sus gobiernos en las últimas elecciones.

Pero reconocer esto, y sobre todo que lo diga abiertamente un político, sigue siendo tabú en la Unión Europea. Solo es al parecer lícito corear “¡Slava Ukraini!”.

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