Opinión

Un anciano bien intencionado con mala memoria

¿Cómo es posible que la primera potencia mundial se debata entre dos candidatos con declinación cognitiva?

Donald Trump (DT, 78 años): Delincuente convicto al que un jurado popular ha declarado culpable de 34 delitos –falsedad documental, fraude fiscal y violación de las leyes que regulan las campañas electorales– que le podrían acarrear cuatro años de cárcel. Cuando conoció el veredicto se despachó contra la Justicia, como es habitual en él. Con ocasión del primer debate presidencial, calificó a su contrincante como “montón de basura vieja y descompuesta”.

Joe Biden (JB, 81 años). Un hombre bueno sobre el que han surgido dudas –edad y capacidades cognitivas– tras su desempeño en el debate televisado por CNN. Achacó los titubeos a viajes muy seguidos: Francia (conmemoración del Desembarco de Normandía) e Italia (cumbre del G-7). Los incidentes de confusión mental, habituales ya en él, han mermado la confianza de los ciudadanos, de modo que le costará trabajo asegurar a los escépticos que tiene la resistencia física y mental para liderar la nación. “¡Si no mira donde pisa se va a caer, una vez más!”.

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¿Cómo se van manifestando el partido, los donantes, la familia y los medios?

El partido

Falta mes y medio para la Convención Nacional de Chicago, que elegirá el candidato para las elecciones presidenciales del 5 noviembre de 2024. El Partido Demócrata, que ocultó y negó desde hace años la enfermedad del inquilino de la Casa Blanca, no oculta su inquietud.

La desastrosa actuación en el último debate sembró el pánico en los demócratas que sabían desde el principio los problemas de Biden, pero no tenían nada mejor, como demuestra el temor, durante los últimos tres años, a que una mujer afroamericana, con índices de popularidad muy discretos, no podía derrotar a DT.

Coincidiendo con la caída en picado del apoyo al presidente, el desfile ya ha empezado. Lo encabeza la VP, Kamala Harris (KH, 59 años), hija de padre jamaicano y madre india, que comenzó su carrera como fiscal (20 años) y tras convertirse en la primera mujer fiscal general de California, ganó las elecciones al Senado de EE UU cinco años después.

La elección más fácil –que sea KH quien le sustituya– ha suscitado reacciones en la cúpula del partido que van desde la aceptación a la resignación. De prosperar su candidatura, heredaría los millones de dólares donados a la campaña de JB porque su candidatura aparece junto a la de él. Transferir ese dinero a cualquier otro candidato sería más complicado, los perdería. Poderosas razones.

Desde un principio, la crítica se ha cebado con ella y la ristra de vituperios resulta abundante: una nulidad puesta por cuota de género y raza, desaparecida prácticamente durante toda la legislatura, encargada de solucionar la crisis de la frontera, con el resultado de batirse el récord de llegadas de inmigrantes ilegales.

Franklin Foer (escritor y periodista americano) ha escrito un libro sobre los dos primeros años de la presidencia de JB: “The Last Politician: Inside Joe Biden’s White House and the Struggle for America’s Future”, en el que retrata a KH como una política agobiada por el peso de su rol como primera mujer y vicepresidenta de color, si bien decidida a no dejarse condicionar por su identidad.

La crítica –mordaz y a menudo infundada– se ve ahora agravada por quienes creen que es cómplice de encubrir el deterioro de la salud del presidente. Trump, que está deseando que JB siga, va más lejos en su ataque furibundo: “Jodidamente mala y patética”.

Eso no impedirá, llegado el caso, elevarla al estado de lo imposible ya que reúne los requisitos sustanciales para los demócratas: mujer, de origen asiático, africano y progresista, con un discurso nítido y autoritario.

Gretchen Whitmer (1971) es abogada y gobernadora de Michigan, desde 2018. Su estatura como presidenciable no es nueva. Tras su reelección en 2022, Whitmer fue considerada posible candidata en caso de que Biden no se presentara a un segundo mandato en 2024. Quien pudiera ser su contrincante, DT, la convirtió en una estrella: “That woman from Michigan”.

La gobernadora Big Gretch transmite una impresión agradable si bien intimidante, “una interesante combinación de sangre fría y auténtica pasión”. Lo que sus partidarios admiran más de ella es que lucha y gana en una de las zonas más competitivas del país. Incluso sus críticos, que la retratan como una liberal extrema, admiten sus formidables habilidades políticas.

Los donantes

Los intentos de los grandes donantes, preocupados por encontrar alternativas, coinciden con la presión de los congresistas demócratas para que JB se retire de la carrera.

Para sustituir a Biden, si es que acaba retirándose, han elegido, como sus candidatas preferidas, a Gretchen Whitmer y Kamala Harris (con quien se muestran más escépticos), sin olvidar a Michelle Obama, que ha repetido que no quiere, pero hay quien piensa que aceptaría si hubiera una aclamación demócrata.

Aunque algunos donantes han advertido de que cualquier movimiento –para sustituir a Biden por uno de los gobernadores– podría desencadenar una “guerra civil” demócrata, otros consideran que la única forma de acelerar la salida del presidente es recortando la financiación. Ahí está la clave para resolver la ecuación.

La familia

JB no quiere retirarse, aunque será él quien decida, voluntariamente, si quiere poner fin a su intento de reelección Si la percepción que se tiene del estado físico y mental del presidente no mejora, no le quedará más remedio que apartarse.

Su familia le sigue instando a permanecer en la carrera y continuar luchando. Una de las voces más implorantes, para que resista la presión, es su hijo Hunter, primer descendiente de un presidente en ejercicio en ser condenado por un delito grave después de que un jurado lo declarara culpable de mentir sobre el uso ilegal de drogas.

Pero la estrategia de hacer caso omiso a las críticas internas por su evidente deterioro físico y mental, en el debate presidencial, no está funcionando. Todo dependerá, junto a la recaudación de fondos, del curso de las encuestas, que vaticinan un descalabro si JB sigue de candidato.

Los medios

Han estado durante años protegiendo lo que era obvio. En un principio se mostraban divididos sobre cómo abordar el declive del presidente y ya piden abiertamente su marcha, en editoriales en que denuncian las falsedades de la Casa Blanca para protegerle.

En un gesto inédito, el editorial del “Washington Post”, del 4 de julio, fue un ficticio discurso de despedida en que Biden se echaba a un lado, en un ejercicio de generosidad y republicanismo, comparado al de George Washington.

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No es el estado cognitivo o físico de Biden la prioridad del pueblo norteamericano. Las prioridades son: inflación y precios de energía, alimentación, seguros, hipotecas y rentas, mientras los salarios no pueden alcanzar estas subidas. También, fronteras inseguras, con millones de personas entrando al país ilegalmente, sin conocer su eventual pasado criminal y lo que aportarán a la sociedad.

Se rompe un poco el corazón por un hombre que se ha postulado para presidente desde que era joven y que gana las presidenciales –final e inesperadamente– cuando es viejo.

Uno podría pensar que es un “anciano bien intencionado con mala memoria”, que tiene que dar paso a alguien que pueda hacer el trabajo de presidir la primera potencia mundial.

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