Opinión

Relevo episcopal en la diócesis de Tui-Vigo

Como ya es sabido, en la diócesis de Tui-Vigo tenemos relevo episcopal. Cumplida la edad canónica de los 75 años, Mons. Luis Quinteiro escribió al papa el día de su cumpleaños de hace año y pico indicando esa circunstancia, y el Sumo Pontífice no quiso aceptar la renuncia de quien fue nuestro obispo durante catorce años, hasta el pasado 25 de mayo, nombrando como sucesor suyo al sacerdote ribadense Antonio Valín Valdés.

Después de casi década y media encomendando cariñosamente en las misas a “nuestro obispo Luis” y ahora temporalmente a quien es “nuestro administrador apostólico Luis”, habremos de acostumbrarnos, desde el próximo 20 de julio, a pedir con idéntico afecto por “nuestro obispo Antonio”. Porque resulta que el obispo electo de Tui-Vigo D. Antonio Valín Valdés, un estupendo y servicial sacerdote de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, todavía no es obispo. Lo será precisamente el citado día 20 de julio a partir de las 11 de la mañana cuando, en la catedral de Tui, reciba la consagración episcopal. Estábamos acostumbrados en la diócesis a que el Santo Padre nos mandase, por así decirlo, “obispos ya hechos” y ahora nos manda a un bonísimo sacerdote a quien nos toca “hacerle obispo”. Desde el 3 de abril de 1910 –con la ordenación del obispo tudense Manuel Lago González–, no se celebró en la catedral de Tui ninguna consagración episcopal; por eso esta ceremonia de elevación al episcopado de quien va a ser nuestro pastor y guardián los próximos años, resulta un acontecimiento doblemente extraordinario.

La ordenación episcopal, dice sintética y lúcidamente la introducción al ritual litúrgico propio, hace que el ordenado ingrese en el régimen pastoral del colegio de los Apóstoles, más aún, en él perdura ininterrumpidamente el cuerpo apostólico. Pues los obispos, “como sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor, a quien se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación (cf. Mt 28,18); el Colegio episcopal, reunido bajo una sola cabeza, el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, expresa la unidad, variedad y universalidad de la grey de Cristo.

A su vez, cada uno de los obispos, puestos al frente de las Iglesias particulares (diócesis), ejercen su gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que se les ha confiado; son el principio y fundamento visible de la unidad en esas Iglesias particulares, conformadas a imagen de la Iglesia universal, pues en ella y por ellas existe la Iglesia católica”.

“Acostumbrados en la diócesis a que el papa nos mandase ‘obispos ya hechos’, ahora nos manda a un bonísimo sacerdote a quien nos toca ‘hacerle obispo’”

El mismo ritual invita a todos los fieles de la diócesis a orar por quien haya sido elegido obispo y pide que asistan a su consagración en la catedral en el mayor número posible, como así se está invitando estos días desde las parroquias.

El ritual determina luego la organización de los ordenantes y concelebrantes en cada caso y establece que uno de los presbíteros de la Iglesia local pida al obispo ordenante principal que ordene al elegido, cuya bula del nombramiento pontificio se muestra y lee en voz alta. El elegido, en presencia de los obispos y de todos los fieles, manifiesta la voluntad de ejercer su ministerio según los deseos de Cristo y de la Iglesia, en comunión con el Orden de los Obispos bajo la autoridad del sucesor de san Pedro Apóstol.

Por la imposición de las manos de los obispos y la plegaria de ordenación, se le confiere al elegido el don del Espíritu Santo para su función episcopal, con estas palabras: “Infunde ahora sobre este tu elegido la fuerza que de ti procede: el Espíritu de gobierno que diste a tu amado Hijo Jesucristo, y él, a su vez, comunicó a los santos Apóstoles, quienes establecieron la Iglesia como santuario tuyo en cada lugar para gloria y alabanza incesante de tu nombre".

Simplemente pretendo destacar que la celebración litúrgica de una consagración episcopal, si se realiza de manera pedagógica y cuidadosamente preparada como va a suceder en este caso, resulta siempre inolvidable. La imposición del libro de los Evangelios sobre la cabeza del ordenando por la que se declara como función principal del obispo la predicación fiel de la palabra de Dios; la unción en la cabeza por la que se significa la peculiar participación del obispo en el sacerdocio de Cristo; la entrega del anillo que expresa la fidelidad del obispo a la Iglesia, esposa de Dios; la imposición de la mitra, como deseo de alcanzar la santidad, y la entrega del báculo pastoral, como signo de su función de regir la Iglesia que se le ha confiado, junto con el abrazo y el beso que el ordenado recibe de los demás obispos, para destacar su acogida en el colegio episcopal, no son más que expresivos signos externos de la profunda teología que entraña el convertirse a un presbítero en servidor, guardián y amable pastor del pueblo confiado.

¡Felicidades y bendito el que viene en nombre del Señor!

*Sacerdote y periodista

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