Opinión | Con lo bien que iba todo

Santiago Romero

Cuestión de vida o muerte

No quiero ponerme místico, que esta columna es siempre lo bastante superficial como para que uno la lea con facilidad y con la misma tranquilidad la olvide, pero hoy voy a hablar de la muerte, o la vida y la muerte, o la vida después de la vida, o con lo que cada uno se sienta cómodo, que ya sabéis de qué va esto.

Se alinearon los planetas para que en una semana oiga de este tema en tres ocasiones inconexas y la edad me haga prestar atención, como la preñada que no ve más que preñadas a su alrededor.

Están los que dicen que no hay nada, que esto funde a negro y si no te bebiste aquel vinazo que te regalaron se lo bebe tu yerno ahora, aguanta la pedrada.

Otros dicen que al cruzar el telón se rinden cuentas y si fuiste mal tipo te vas a lo oscuro para siempre: una vida y una eternidad es todo lo que recibes por lo que has pagado.

Luego vienen los de hay más vidas que longanizas, pasas de pantalla y empiezas en otra, no sé si con lo aprendido en la pantalla anterior o es game over y partida nueva.

Casi todos coinciden en la luz intensa y túnel en ascenso, viendo tu cuerpo en plano cenital; nadie cuenta una experiencia cercana a la muerte en la que se ve tendido sobre la cama junto a su viuda desconsolada, a continuación sale por la puerta de la cocina, baja al portal en el montacargas, y una vez más –aunque ahora con razón– el portero no devuelve el saludo.

Respecto a quién te encuentras en la reunión del más allá, hay teorías diversas y algunas contradictorias. Se mencionan todo tipo de parientes que se alegran de verte; algunos celebran reencontrarse contigo y otros sonríen satisfechos por saber que te has muerto, que ya os aborrecíais en tierra y tampoco ahora vais a tocar la lira juntos. Y decía contradicciones porque hay quien defiende reagrupación familiar y reencarnación, y las dos no puede ser, o eres angelito o te transportaste a otro mundo y eres un lagarto menorquín tomando el sol en lo alto de una piedra.

De todo, lo que más me cuesta entender es que esto sea un secreto que a los vivos solo no es revelado cuando perdemos esa condición. Es una especie de puerta de aeropuerto con un solo sentido, puedes estirar el cuello en busca de la verdad, pero no hay retorno si pasas. Esos familiares que están al otro lado esperándonos y que nos ayudan con su poder y conocimiento, podían mandar mensajes claritos y soluciones concretas, nada de epifanías viendo auroras boreales o servirse de terceros que dicen saber el camino pero no saben una mierda.

Esto es todo por mi parte, filosofía de taberna, lo que he pensado tomando un vino. Si alguien tiene una certeza, que la disfrute.

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